martes, 29 de enero de 2013

0 ¿Y Nicolas Sarkozy qué dice de todo esto?


Desde que resignó el poder a la tecnocracia, a Silvio Berlusconi se le ve muy suelto de lengua, con ese desparpajo que encandiló a los italianos urna tras urna. Su última hazaña ha sido la concesión de una entrevista al canal europeo Euronews, en la que pasa revista a los distintos mandatarios con los que ha compartido cumbres y otras relaciones. Se declara admirador del ruso Putin, a su juicio, «el mejor político de esta época»; habla bien de Merkel, a la que atribuye sentido del humor, y le deja un recado, políticamente póstumo, a Nicolas Sarkozy a cuenta de la intervención occidental en Libia. No tiene desperdicio: «Cuando Sarkozy fue a Libia y vio los enormes carteles, de 30 metros por 16, en los que se nos mostraba a mí y a Gadafi en una actitud de amistad afectuosa, volvió a casa y dijo a los suyos que Italia iba a quitarles todo el petróleo y el gas libios y que había que hacer algo». Y prosigue el italiano: «Cuando Sarkozy ordenó a su aviación bombardear una columna militar que Gadafi había enviado a Bengasi ,quise dimitir, porque había una injerencia indebida de la comunidad internacional en los problemas de otro país».
Quiso dimitir, pero no lo hizo. Al contrario, las bases aéreas italianas fueron fundamentales para sostener la ofensiva aliada sobre Libia. Sin duda le faltó valor, aunque andara sobrado de intuición estratégica. Lo de Libia, la sustitución de un tirano que ejercía de muro de contención del islamismo radical por un conglomerado de integristas sin cohesión, era un mal negocio, montado, además, sobre una de las campañas de propaganda más inicuas de las que hay memoria. Por ejemplo, la acusación de que Gadafi había ordenado a su aviación bombardear las ciudades rebeldes era un bluf, como demostraron los rusos examinando con paciencia franciscana las fotos tomadas por sus satélites. Luego, claro, las bombas cayeron ya sin restricciones y la destrucción se extendió por todo el país. Como, pese al poder aéreo occidental, los «gadafos» se defendían con ventaja, hubo que desplegar tropas en tierra y abrir paso a los rebeldes en Trípoli. El resto es conocido: en su intento de fuga de Sirte, el convoy que trasladaba a Gadafi fue alcanzado por la aviación francesa y el dictador cayó en manos de los milicianos que le dieron cruel muerte. Terminada la guerra, resultó que nadie en la Unión Europea ni en Estados Unidos había previsto un plan de contingencia para evitar lo que ocurrió: Libia se fragmentó en reinos de taifas dominados por las distintas milicias; los gobiernos salidos de las elecciones carecen de autoridad, la violencia sectaria vuelve a ser endémica y cada día se producen asesinatos de policías y militares, atentados, asaltos y quema de edificios, incluyendo, por supuesto, la iglesia copta de San Jorge, en Misrata. Pero, eso sí, como ocurre con las fábricas de cerveza en las guerras civiles africanas, que son las únicas instalaciones respetadas escrupulosamente por ambos bandos, la industria petrolera está a pleno rendimiento, aunque el reparto de los beneficios tenga nuevos y muy numerosos destinatarios. Con todo, lo peor es que la mitad sur del país, que limita con Argelia, Níger, Chad y Sudán se convirtió en un vacío estratégico, pronto ocupado por las milicias islamistas y los contrabandistas de armas, inmigrantes y drogas, a quienes los ingentes depósitos del armamento acumulado por Gadafi les dotaron de una capacidad militar jamás soñada. El contagio, con los tuaregs como agentes trasmisores, se extendió pronto a Mali, cuyo Ejército se deshizo como un azucarillo al primer choque, y empezaba a dar señales de infección en Mauritania y Níger, de donde Francia obtiene el combustible de uranio para alimentar sus centrales nucleares. Hoy, mientras se hace el recuento de víctimas en la planta petrolera argelina, los soldados franceses combaten a los islamistas en Mali. El Gobierno de París se dice «sorprendido» por el entrenamiento y la potencia militar de los «alqaeados» y media África Occidental se apresta a enviar unos pocos miles de hombres para recuperar un territorio desértico de la extensión de Francia. Habría que preguntarle a Sarkozy, ése sí, retirado por las urnas, qué opina de todo esto.
Alfredo Semprún / La Razón

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