jueves, 24 de enero de 2013

0 El fantasmal caso de Amy Martin


Habíamos oído hablar del gol fantasma, del avión fantasma, de la empresa fantasma, de los brotes verdes y ahora la impar picaresca sociata nos presenta a la articulista fantasma, que no es exactamente un negro literario, porque la espectral Amy Martin escribía como un negro pero cobraba como un blanco. Y blanco colonialista, oigan: 3.000 pavos el artículo, que ni Ruanoen la cresta de su gloria ni el dandi más mimado entre los veladores del Café Gijón. Ni el mismísimo Arturo Pérez-Reverte recién regresado de Mostar con la libreta salpicada de cuajarones de sangre serbia.
Si hubo un tiempo en que nuestra febril imaginación fantaseaba con emular aJulio Camba, hoy ya sólo envidiamos el talento multidisciplinar de Amy Martin, que lo mismo disertaba sobre la central de Fukushima que sobre la medición de la felicidad o la industria del cine en Nigeria, siempre con la sobrada competencia que en España sugería la reverberación americana de su nombre. La amplitud de sus intereses, la versatilidad de su pluma, el descaro de sus facturas la elevaban –del mismo modo que su tocaya Amy Winehouse pasaba por reina del soul– a reina de la colaboración a tanto la pieza: auténtica María Dueñas del párrafo de progreso. Porque Amyarrendaba sus cogitaciones a la Fundación Ideas, título sin duda excesivamente generoso para un think tank fundado por Jesús Caldera –a quien no vemos moderando un debate entre Popper Wittgenstein– a instancias de Zapatero, cuya bibliografía se limita al preámbulo de la Ley de Memoria Histórica y un prólogo a Borges en edición de bolsillo. El propio Zapatero, alquimista de la nueva feminidad, había ensayado con diferentes carteras ministeriales como si fuera Mendel con sus guisantes en pos del encaste frankensteiniano de la perfecta progresista, y he aquí que una noche de tormenta un relámpago quebró el negro cielo y bajando por el pararrayos de la Fundación Ideas confirió vida mercantil a la fantasmagórica criatura, que en ese momento se incorporó y rompió a escribir lugares comunes de la socialdemocracia como si los fueran a leer.
Amy Martin no ha sido vista desde entonces, y aunque su mentor Carlos Mulas ha sido destituido –hay quien incluso aventura una relación entre ambos de carácter no estrictamente profesional–, al cierre de esta edición se resiste a revelar el paradero de la ensayista prodigio. Otros aseguran que podría haber ofrecido sus servicios al boletín anual del Club Bilderberg. En cualquier caso, no la busquen ustedes en las redacciones de los medios convencionales, donde no está la cosa para tirar cohetes, como dijo el becario al que despidieron de la NASA.
Jorge Bustos / La Gaceta
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