miércoles, 9 de enero de 2013

0 Ganivet y la españolidad del independentismo (I)



La crisis total de España está alentando entre nuestros tertulianos –a falta de ensayistas– un nuevo noventayochismo de lo más pertinente. Aceptando que la historia se repite como farsa, el quejido unamuniano –“Me duele España”– ha devenido complejo vergonzante de ser español, que es lo que sucede cuando se fía todo el orgullo nacional a las victorias futbolísticas de un equipo de muchachos tan precariamente alfabetizados como sus voceros de la prensa especializada, y cuando se reserva el título de marqués para un campechano seleccionador tan lejos del armiño como cercano al chándal.
Al grotesco manejo que la propaganda franquista hizo de la vieja idea imperial de la hispanidad siguió, por inevitable oscilación del péndulo histórico, la mojigata autoenmienda nacional de la Transición, cuyos impacientes artífices decidieron corregir la imagen predemocrática que les devolvía el espejo acusador con vistosos ribetes federalistas y concesiones al nacionalismo –como si este no se hubiera amalgamado servilmente con el franquismo hegemónico–, al tiempo que desamparaban avergonzados la idea de patria común. La pose antiespañola pasó entonces a engrosar las filas de la corrección intelectual y hoy, a la vista de la debacle económica, la vergüenza institucional, la bajeza sociológica y el autismo político, a ver quién tiene torería para reivindicar la gloria de su cuna fuera de un coleccionista friqui de figuritas de plomo carlistas o cosa por el estilo. El patriotismo ha muerto en España, y presentar siquiera el concepto como un valor produce automático alipori a toda sensibilidad medianamente contemporánea de cualquier buen español humillado, más humillado aún por groseros ejercicios de chovinismo charcutero como el anuncio de Campofrío. En España invertebrada, Ortega consigna abiertamente su comprensión hacia los nacionalismos centrífugos catalán y vasco, puesto que la noción orteguiana de nación es la de proyecto sugestivo de vida en común y España, hoy como ayer, pocos asideros ofrece a los heroicos defensores periféricos de la unidad y ninguno a los secesionistas. Y sin embargo, a la sugestión orteguiana opuso su patetismo arrebatado José Antonio Primo de Rivera: “Nosotros amamos España porque no nos gusta. Los que aman a su patria porque les gusta la aman con una voluntad de contacto, la aman física, sensualmente. Nosotros la amamos con una voluntad de perfección. Nosotros no amamos a esta ruina, a esta decadencia de nuestra España física de ahora. Nosotros amamos a la eterna e inconmovible metafísica de España”. Tratándose de un partidario del totalitarismo, y dejando a un lado la factura exaltada marca de la casa, el fundador de Falange describe un punto de partida bien asequible para el demócrata de hoy desmoralizado ante el pobre espectáculo de su nacionalidad.

Hasta tal punto es cierta la premisa decadentista de que es español aquel que habla mal de España, que releyendo las obras de regeneracionistas y noventayochistas encontramos diagnósticos asombrosamente válidos para la España crítica de las autonomías y de la postración financiera. Uno mismo acaba de terminar entusiasmado el Idearium español de Ángel Ganivet publicado en 1896, dos años antes por tanto de la consumación del desastre colonial. No se suele incluir a este brillantísimo ensayista granadino en la nómina de los Azorín, Baroja, Unamuno, Maeztu y compañía que integran canónicamente la Generación del 98, y eso ha de ser sin duda por la heterodoxia ideológica de nuestro autor y su fulgurante paso de bengala por este mundo, si bien su dolor de España sintoniza perfectamente con el de Unamuno, un año mayor que él, compañero de inquietudes universitarias y finalmente destinatario de una fructífera correspondencia con que la convención editora suele cerrar el Idearium a modo de epílogo titulado El porvenir de España. Tanto Unamuno como Ganivet disienten de Ortega en que la solución de España pase por su europeización –para qué hablar hoy del burocratismo europarlamentario– y apuestan por una recuperación de las esencias tradicionales: en su arte, religión, historia, intrahistoria y casticismo encontrará España el abono espiritual que necesita para posicionarse en el mundo moderno con personalidad propia, a salvo de obediencias antinaturales y dictados extranjeros. Pero Ganivet en suIdearium –“un estudio del alma española escrito al correr de la pluma, pero sobre material que el autor ha meditado despacio y sentido con calor de cariño (…); libro jugoso, vibrante, un libro que palpita”, rezaba la reseña de Emilia Pardo Bazán en La Ilustración– aporta interpretaciones y profecías de verdadero visionario filosófico, que a mi juicio resisten mejor el paso del tiempo que el pedante ensimismamiento unamuniano. Merece la pena intentar aquí un rescate somero de algunas ideas que articulan este ensayo milagroso –y milagrosamente bien escrito– de nuestra historia literaria, a fin de proponer al lector la lucidísima etiología ganivetiana de la cuestión palpitante hoy en España: el independentismo catalán.

Jorge Bustos

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