miércoles, 27 de abril de 2016

0 Un recuerdo en rojo y blanco


Dice mi abuela que de pequeño siempre quería ir a ver a Martín porque una vez me dio veinte duros y con ese prosaico egoísmo del que está dotada la inocencia no dudaba en comentar abiertamente que quería otras cien pesetas.


Martín era ya mayor cuando yo era pequeño. Tenía por entonces facciones algo toscas y una mano de marmolista que apretaba cuando yo le chocaba la mía. Flojo, supongo. Siempre nos invitaba a merendar a pesar de tener fama entre los vecinos de ser algo tacaño.

Cuando acababa el bocadillo de Nocilla, como un código no escrito, hablaban los mayores un rato de los grandes problemas que tuvieron en la vida y su deseo de quedarse pequeños para siempre. Al final de las conversaciones, como un postre, nos permitíamos siempre 5 minutos para hablar de nuestro Atleti, de la deriva que llevaba por entonces, del Pupas y todo eso.

Un día, de su habitación sacó una bandera del Atleti que tiene una tela gruesa, apenas ondeable, con un escudo del Atleti serigrafiado en un azul que con el paso del tiempo ha ido haciéndose más y más claro. Nunca la he podido llevar al campo porque conservo intacto el palo de madera que venía con ella.

Hoy Martín no estará en el Calderón, ni el martes en Múnich, ni el día 28 en Milán. El pasado domingo fui a visitarle como para tomar ese postre de final de conversación rojiblanca y una de sus enfermeras me dijo "está allí, Darío, en el sillón junto a la ventana".

Me senté junto a él y me miró raro. Martín no recuerda mi nombre y según avance su enfermedad apenas recordará el suyo. Allí estuve un rato, mirando cabizbajo a mis Adidas y oyéndole recordarse historias de la guerra y la posguerra.

Cuando levanté la vista decidí que hoy ganaríamos por ellos. Martín miraba al infinito de la ventana y sus propios recuerdos le enrojecían los ojos. Fue la misma mirada perdida de aquel postre cuando hablamos de Bruselas y con una lágrima en la mejilla me espetó "¡maldito Schwarzenbeck!".


Darío Novo

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