domingo, 6 de enero de 2013

0 El bar

Un bar a cuya parroquia pertenecí de joven también era frecuentado por un amigo del barrio, solitario y lector, ateneísta a destiempo, al que nunca logramos corregir una estrategia errada de aproximación a las mujeres. Las abordaba preguntando cosas como cuál era su Diádoco favorito, precisando que el suyo era Antígono Monoftalmos. A su alrededor se espaciaba entonces un perímetro de seguridad, como si, en vez de una pedantería, se le hubiera escapado un pedo. La mujer siempre se va con el que está vestido de luces, eso ya lo vio Jardiel, derrotado por un torero mudo en una sobremesa peruana. A aquel amigo tendríamos que haberlo hecho feliz con una idea inspirada en aquel relato, La puta de Mensa, en el que Woody Allen imaginó prostitutas contratadas para un servicio completo de conversación intelectual: «No, mire, yo Melville no lo hago si no es con un suplemento». Tendríamos que haber amañado que una chica le respondiera: «Sí, Antígono no está mal, pero fue Ptolomeo el que promovió una capital que irradió cultura a la Humanidad». Nos habría servido Paz Padilla, que dice que ella no viaja a Estados Unidos porque allí no hay cultura, por lo que debe de ser una mujer a la que complazca charlar sobre las monarquías helenísticas a la hora del café con churros.

Perdonen que haya desperdiciado esta columna con un recuerdo personal que, evidentemente, he exagerado, pero apenas. Pero he sentido nostalgia de aquel costumbrismo disparatado y hasta de esa edad mía al concluir, después de varias mañanas de prospección por el barrio, que la crisis también ha acabado con la institución de la parroquia del bar de la esquina. O, como mínimo, la ha convertido en un peñazo que prolonga las tertulias de la radio y que, abatido el ánimo, ya no hace sino ensayar tecnicismos económicos de los que jamás se habría preocupado hace algunos años. ¡La prima de riesgo! ¡El bono alemán! ¡La colocación de deuda en el mercado secundario! Ves al Manolo que dice esto, y es como si una posesión diabólica lo estuviera haciendo hablar arameo. No hace tanto, arrancar una conversación con las hipotecas basura te habría dejado tan solo como hacerlo con Antígono Monoftalmos. Ahora la interlocutora no solamente se queda, sino que también tiene una opinión. Y no aspira a cobrar por exponerla, como al menos sucede en la radio.
Agradezcan a Mourinho que aún salve las conversaciones de bar de la definitiva abducción económica
David Gistau/El Mundo

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