Le decíamos que el partido iba a ser una joda,
que Ñubel tenía un equipo de mierda y que ya a los quince minutos íbamos a
estar tres a cero arriba, que el partido era una mera formalidad, que el
gobierno ya había decidido que tenía que ganar Central para hacer feliz a mayor
cantidad de gente. No sé, no sé la cantidad de boludeces que le dijimos al
viejo para convencerlo. Pero el viejo nada, una piedra el hijo de puta. Para colmo
ya habían empezado a rondar la mujer del viejo, madre del Cabezón, y una
hermana del Cabezón, que querían saber qué carajo queríamos decirle nosotros al
viejo en esa reunión, porque medio que ya se sospechaban que nosotros no íbamos
para nada bueno. En resumen que el viejo nos dijo que no, que ni loco, que ni
siquiera sabía si iba a poder resistir la tensión de saber que se jugaba el
partido, aun sin escucharlo. Porque el viejo los diarios los leía, tan boludo
no era, y sabía cómo venía la mano, cómo era la cosa, cómo formaban los
equipos, suplentes, historial, antecedentes, chaquetillas, color, todo. Nos
dijo más. "Ese día —nos dijo— bien temprano, antes de que empiecen a pasar
los camiones y los ómnibus con la gente yendo para Buenos Aires, yo me voy a la
quinta de un hermano mío que vive en Villa Diego". No quería escuchar ni
los bocinazos el viejo. "Me voy tempranito a lo de mi hermano, que a mi
hermano le importa un sorete el fútbol, y me paso el día ahí, sin escuchar
radio ni nada". Porque el viejo decía y tenía razón, que si se quedaba en
la casa, por más que se encerrara en un ropero, algo iba a oír, algún grito,
algún gol, alguna cosa iba a oír, pobre desgraciado, y se iba a quedar ahí
mismo seco en el lugar. Así que se iba a ir a radicar en la quinta de ese
hermano que tenía, para borrarse del asunto.
Muy bien, muy bien. Te digo que salimos de allí
hechos bosta porque veíamos que la cosa venía muy mal. Casi era ya un dato
seguro como para decir que éramos boleta. Para colmo, al Valija, el día anterior
le había caído una tía del campo y él se acordaba que, en un partido que
perdimos con San Lorenzo, esa misma tía le había venido el día antes. Era un
presagio funesto el de la tía.
Roberto Fontanarrosa
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