domingo, 28 de abril de 2013

0 Pensando en la segunda parte


Hace un tiempo, enterados de mi fanatismo barriobajero por el Madrid y mi desapego por el fútbol, que ni sé dónde se ponen los llamados arietes, los editores de Libros del KO me encargaron un texto en el que tratase de responder a la pregunta de por qué era del Madrid. Debí de contestar muy mal, pues después de 60 páginas me llamó directamente Muy Interesante para pedirme lo mismo; me sentí de repente como si las respuestas a mi madridismo hubiese de buscarlas en el córtex cerebral, concretamente en la arquicorteza, donde se desempeña la reacción animal y los procesos fisiológicos. 
El miércoles pude aportar revelaciones curiosas al respecto. Ocurrió cuando Lewandowski, uno de esos delanteros que se inventa el Madrid cuando se aburre, metió el cuarto gol; fue tanta la paz interior que llenó mi cuerpo que casi me da una embolia. Lo siguiente fue desear el quinto, pues con cuatro me parecía que podía haber relajación a la vuelta. A unos aficionados que aún no encuentran explicación racional a la Liga 2007, que habrá de llegar un día a los platós de Cuarto Milenio, hay que ponerlos en tensión. Yo pienso que lo arriesgado es no creer, lo difícil es pensar que no se puede y lo admirable es darlo por perdido, pues es una manera elegante de reconocer que en el fondo se es del Atlético de Madrid, que ni ayer cogió la pedrea. 
A los madridistas que piensan que la eliminatoria está difícil y lo llaman «realismo» hay que avisarles de que la grandeza del Madrid se construyó sobre cosas que no tenían nada de reales, como queSantillana saltase por encima de señores de dos metros, marcar siete goles en una final o empalar a la escuadra con la pierna mala un balón que aún se está buscando de dónde cayó. Si el Madrid no es un equipo normal se debe a los madridistas, pues los clubes históricamente se van pareciendo a sus aficiones y en ninguna parte a estas horas se dispara una euforia así tras perder 4-1 en Europa, que sólo faltó vallar Cibeles. A ver si se llena el Bernabéu de banderolas blancas y haya tal broncazo cuando el Borussia salga al campo que baje Platini a suspender el partido y mande al Madrid a Londres para evitar un estropicio en el resultado; todo lo que no sea ver salir del túnel a Klopp con las gafas empañadas se considerará un fracaso. 
Y esto es básicamente el Madrid: una fe ilimitada y altanera cuya leyenda es universal, por eso nos rompen tanto la cara; porque no la escondemos. Lo suyo sería pasar la semana hablando con humildad del próximo año para que la eliminación no nos coja de sorpresa, pero a ver quién puede concentrarse con esta afición entregada fanáticamente a una causa y unos jugadores a los que si les pides que remonten te miran con cara de loco como si fuesen a decir: «¿Nosotros? ¡Que remonten ellos!». Y eso es que ya están pensando en la segunda parte.
Manuel Jabois / El Mundo

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