miércoles, 20 de marzo de 2013

0 Oriol Pujol, in memoriam


La carrera de Oriol Pujol Ferrusola se ha acabado. A estas horas el hereu no es más que un cadáver insepulto, otro, en el armario de CiU. Lo de menos habrá de ser que la Justicia verifique los cargos que se le imputan. Políticamente, ya está condenado. Como sus iguales, los también difuntos Camps y Blanco, Pujol junior cometió algo mucho peor que un crimen: un error de bulto al elegir a sus amiguitos del alma. Y eso en política se paga. Siempre. Descanse en paz, pues. En otro orden de contrariedades, el deceso del imprudente Oriol acaso adelante la crónica de un obituario igualmente anunciado. El del propio Artur Mas, que al modo de las latas de mejillones lleva la fecha de caducidad estampada en el dorso: 2014.
Y es que si Napoleón era un loco que se creía Napoleón, Mas es un pobre hombre que se cree Garibaldi. Un extravío, ese suyo, que ha agotado su recorrido. Si cumple la palabra dada a la Esquerra, quedará inhabilitado para ejercer cargo público alguno en aplicación de lo dispuesto en la sentencia del Constitucional sobre su cuate Ibarretxe. Si no cumple, su propia gente lo desautorizará tras haber faltado por segunda ocasión a sus compromisos. La política es oficio de profesionales y Mas se ha conducido como un simple aficionado dejándose llevar por las emociones. El espejismo de la Diada, con sus masas ardientes y su vistoso ondear de esteladas, lo cegó.
Sin la ambigüedad calculada que tan bien supo administrar el viejo Pujol, el catalanismo siempre acaba siendo un juguete en manos de la Esquerra. Y precisamente eso es lo que ha provocado Mas con su tosco, atrabiliario maximalismo de salón. ERC, un partido de profesores de instituto, va a ser beneficiario único de los brotes de acné juvenil que padece el President, airadas radicalidades más propias de un adolescente en trance de maduración tardía. Pero en estos tiempos de mudanzas el Dinero (con mayúscula) catalán no está para bromas. Y pese a que sus jefes parecen haberlo olvidado, Convergencia es el partido del Dinero. Cuando la asonada de Companys en el 34, culparon a un iluminado, Dencàs, aquel general de opereta. Sin Oriol, ¿quién pagará ahora la factura del atribulado Artur?
José García Domínguez / Libertad Digital

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