jueves, 21 de marzo de 2013

0 Detroit: así se hundió el Titanic del capitalismo estadounidense (V)


Woodward Avenue ofrece un espectáculo de vacío y desolación en pleno centro. (Daily Mail)
Woodward Avenue, ayer rebosante de vida, hoy un espectáculo de vacío y desolación en pleno centro de la ciudad. (Daily Mail)
Se produjo una fractura social no solamente entre blancos y negros, sino incluso entre los propios afroamericanos: mientras una parte pudo aspirar a convertirse en clase media como en ningún otro lugar de los EE. UU. —con buenos trabajos, viviendas agradables en barrios tranquilos y optimistas aspiraciones de cara a futuro—, otros se veían presas del paro y la marginalidad. La delincuencia empezó a incrementarse, principalmente como consecuencia de la implantación de redes de tráfico de drogas. Guerras callejeras entre mafias negras y blancas para controlar el narcotráfico provocaron un incremento de la violencia. Detroit llegó a ser la capital nacional del asesinato, además de aparecer frecuentemente en las noticias a causa de disturbios diversos de carácter racial.
El viejo estadio de béisbol de los Tigers de Detroit, antes y ahora.
El viejo estadio de béisbol de los Tigers de Detroit, antes y ahora.
Durante los 70, pese a los crecientes problemas, la ciudad continuaba construyendo grandes edificios e infraestructuras. Puede que el declive social se fuese agravando, pero no hay quien se fije menos en la auténtica realidad de los números que aquellos que se pasan el día especulando con esos números (y la presente crisis nos ha dado buena muestra de ello). Detroit continuaba brillando de puertas afuera, así que había que seguir adelante con la función: se supone que la ambición siempre tiene premio y se erigieron hitos arquitectónicos espectaculares como el Renaissance Center, hoy un detalle característico del skyline de la ciudad. En el trasfondo, sin embargo, el desempleo, la pobreza y la violencia continuaban agravándose. Las empresas seguían marchándose para obtener mayores beneficios en lugares en los que hubiese mano de obra más barata y con menos aspiraciones laborales. La concesión de licencias para nuevas factorías estaba bajo mínimos. Incluso Motown, estandarte económico de la ciudad junto a los tres grandes del automóvil, optó por mudarse a Los Angeles. El barco de Detroit seguía flotando a duras penas, pero quienes habían visto agrandarse las vías de agua y tenían posibilidades para marcharse —como las corporaciones— no lo dudaron un instante. En general, casi todos los grandes núcleos industriales y manufactureros del nordeste estadounidense empezaron a sufrir las consecuencias de la deslocalización: es el hoy llamado “cinturón del óxido”, la antigua constelación de centros productivos que se vieron repentinamente condenados a la inactividad cuando las grandes empresas descubrieron que podían ganar más dinero en otros lugares. Pero en ninguna otra parte tuvo este proceso consecuencias tan demoledoras como en Michigan, y muy especialmente en Detroit.
E.J. Rodríguez / Jot Down

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