martes, 12 de marzo de 2013

0 El nuevo papa será viejo y conservador


Los electores del cónclave, todos, resultan ser viejos. Igual que viejo se presume el papa que de entre ellos salga. Constituye rasgo secular del Estado vaticano: sus soberanos llegan al poder justo en el instante en que en otras partes se abandona, camino de los setenta como muy pronto. Algo que se antoja más chocante a medida que la efebocracia va imponiendo su hegemonía en Occidente. En un mundo que ha hecho de la vejez supremo estigma, donde los gobernantes devienen esclavos de los entrenadores personales, las dietas hipocalóricas y los cirujanos plásticos, el vicario de Cristo en la Tierra semeja el único que desdeña parecerse a Justin Bieber.
Un pecado de lesa modernidad que no dejará de ser afeado en cuanto el sucesor de Pedro de nuevo desmerezca a los modelos publicitarios del vermut Martini. Pero no solo se le teme viejo. Pues, amén de viejo, a buen seguro resultará conservador. Viejo y conservador, los dos rasgos primeros que por norma augura cada fumata blanca para desesperación de los hijos de nuestro tiempo. Sin embargo, esa predisposición conservadora de la Iglesia acaso constituya su valor más apreciable, en especial a ojos de los que no somos creyentes. Y es que el catolicismo romano está llamado a influir en la esfera laica no pese a su conservadurismo, sino gracias a él.
Sobre todo ahora, cuando el espíritu de Peter Pan se ha adueñado tanto de los progresistas como de los devotos del mercado. Al punto de que la Iglesia resulta de las contadas instituciones que aún parece recordar una muy vieja verdad, a saber, que sin un sistema de valores compartidos, eso que se llama un consenso moral, ningún orden político es viable. La idea tan en boga de una sociedad regida únicamente por el respeto a los contratos celebrados entre particulares es una quimera. Una quimera peligrosa que, de consumarse, nos devolvería al estado de naturaleza, a la guerra permanente de todos contra todos. Porque un gobierno solo puede postular el laissez faire cultural cuando las reglas de conducta vienen garantizadas por la tradición. O sea, en comunidades que ya solo existen en los libros de historia. De ahí que agnósticos y creyentes estemos obligados a ejercer de conservadores. Como el obispo de Roma.
José garcía Domínguez / Libertad Digital

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