jueves, 7 de marzo de 2013

0 Hugo Chávez no ha muerto


Incluso quienes no creemos en esa superstición pagana que llaman "el progreso" deberíamos conceder que algo va avanzando la Humanidad. Porque si en el siglo XX las crisis cíclicas del capitalismo producían fascistas y comunistas, en el XXI ya solo engendran clowns. He ahí el difunto Beppe Grillo venezolano, Chávez, genuino padre intelectual de toda una recua intercontinental de histriones verborréicos. Airados charlatanes, por lo demás tan ignorantes como las masas a las que deslumbran, que ahora también se están abriendo paso en Europa gracias a la Gran Recesión. Pocas prácticas políticas se resisten tanto a dejarse fijar dentro de una definición clara y precisa como el populismo.
Tan difícil de explicar en abstracto y, sin embargo, tan reconocible siempre a primera vista. Porque ese fenómeno que hoy arrasa Occidente, y que Chávez proyectó en Venezuela a las lindes del esperpento, poco tiene que ver con el socialismo marxista o, en general, con el pensamiento revolucionario. Bien al contrario, elemento común a todos los populismos es el repudio de la reflexión teórica en beneficio exclusivo del sentimentalismo demagógico. El cerebro en todo momento orillado frente al papel protagonista y rector de los testículos, acaso sea ésa es su seña de identidad primera. De ahí los rendidos entusiasmos que Chávez suscitó entre una progresía europea deseosa de que lejos, bien lejos, en el Tercer Mundo, otros lleven a la realidad sus viejas fantasías revolucionarias de asamblea de facultad. 
Embelesadas devociones que, sin embargo, no despierta otra izquierda, la tan racional y racionalista como civil y civilizada que sí existe en América Latina. La misma que está triunfando en Brasil con Dilma Rousseff tras izar la bandera de la sociedad abierta, el respeto a la propiedad y los derechos civiles. Frente a ese desembarco en la realidad, el discurso pueril de todos los Beppe Grillo que hoy lloran a su mentor. El que se asienta en un maniqueísmo primario volcado en azuzar el resentimiento contra las elites, llámense banqueros, empresarios o políticos convencionales. Labor que se combina con la constante deslegitimación de las instituciones propias de la democracia liberal. En el fondo, la nostalgia del hombre fuerte, del caudillo providencial que, ay, todo lo resolvería. ¿Chávez muerto? Pero si en Europa está más vivo que nunca. 
José García Domínguez / Libertad Digital

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