miércoles, 24 de octubre de 2012

0 Miedo y asco en el periodismo contemporáneo (III)


La fórmula, solo apta para escritores-periodistas, propugna la amplificación estética de los hechos mediante las poderosas herramientas de la literatura. Es decir, el uso y abuso de la primera persona, el apropiamiento de la técnica novelística en la estructuración de espacios y tiempos narrativos, los apuntes abocetados ofrecidos en bruto como aditivos de veracidad en la versión final, la mezcla indiscernible de objetividad y subjetividad, el protagonismo resuelto del autor en la historia contada, la información al servicio del impacto pero siempre detonado con una carga moral, la gloriosa emancipación de la prosa de teletipo todavía hoy presentada como modelo de veracidad periodística por los mismos profesores fracasados y redactores incapaces que han arruinado el atractivo de todos los géneros del oficio. Por todo esto hoy, que se sigue leyendo a Thompson, nadie sin embargo lo contrataría.
Por supuesto, un colgado no pasa a la historia por ser un colgado. Como apunta Douglas Brinkley, editor de las cartas de aprendizaje y madurez que acaba de publicar en castellano Anagrama bajo el título de El escritor gonzo, “Thompson era una mezcla rockera de Ernest Hemingway, Scott Fitzgerald, y H. L. Mencken, una especie de salvaje literario que se embriagaba con la velocidad y la insolencia, pero con gracia y precisión para comedir su prosa alucinada (….) Detrás de su compleja personalidad acecha un humorista cáustico con una aguda sensibilidad moral. Pues Thompson sabe que nada resiste el ariete de la carcajada”.
No se puede zarandear a ningún lector —y los lectores nos pagan, o pagaban, para que los zarandeemos, que no os engañen— aplicando las normas del manual de estilo de la agencia EFE. “Hasta donde se me alcanza, el deber, la obligación y ciertamente la única opción del escritor en el mundo ‘objetivo’ de nuestros días es morirse de hambre lo más honorable y desafiantemente que se pueda. Esto es lo que yo me propongo, aunque la población avícola de esta zona se verá notablemente reducida antes de irme”, confesaba un veinteañero Thompson a su ídolo Faulkner en un arranque de audacia programática. Un año y medio después de esta carta, nuestro díscolo Rimbaud californiano no pudo evitar contestar así a la solicitud de “redactores que aprecien lo hechos” que publicó el New York Times: “¡Si supiera, colega, cómo aprecio yo los hechos! Si es que casi duermo con ellos, oiga; me enloquecen de tal modo que alucino. Me pateo las calles de los negros al amanecer, arañando con rabia los hechos. Me paso el día rompiendo y rasgando la superficie de la tontería y la grandilocuencia, loco por llegar al núcleo maduro, jugoso y fáctico de todo”.

Jorge Bustos
Jot Down

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