domingo, 28 de octubre de 2012

0 El no de Marías


La conversación nacional está tan encanallada que dos de los personajes más vapuleados esta semana fueron un empresario que donó a Cáritas 20 millones y un novelista que rechazó un premio. ¿Cómo se atreven a hacer eso?, pregunta el sans-coulotte. La pasión española del resentimiento, tal vez potenciada por las penurias de nuestro tiempo, se ha vuelto aún más ácida y destructiva que de costumbre con cualquiera que destaque por un mérito personal. Como en los cementerios de las películas de zombis, del subsuelo brotan manos que tratan de arrastrar abajo a los que se proponen dar otra medida. Y luego nos quejamos de la mediocridad que lo intoxica todo. 
Javier Marías se ha comportado como un hombre honesto. Dicen que también como un vanidoso, pero eso no puede ser, porque no se conocen creadores vanidosos. Lo escandaloso no es esto de Marías, sino que, enfrentado al mismo premio -a la misma tentación fáustica-, Suso de Toro, el de madera de presidente, se lo aceptara en 2003 a ¡Aznar!, ¡al Prestige!, ¡al Trío de las Azores!, ¡a la Ciudadela de la Extrema Derecha! No he dedicado decenas de artículos a advertir de los peligros que entrañan un periodismo y una cultura orgánicos, clientelizados por premios, informativos de autor y subvenciones, para ahora no admirar el gesto de Marías como el de un tipo libre que permanece a la intemperie, por más que disponga ya de la seguridad procurada por la consagración. 
Marías ha sido detestado estos días porque constituye un ejemplo que afea a los demás. A los que entran en camarillas donde se intrigan las prebendas. A los aduladores del poder. A los que sí se acogen a sagrado en el Estado para no padecer esa incertidumbre atroz que consiste en depender del criterio del público. A los que tienen un político de cabecera por el que acuden incluso a amenizar las veladas si a los invitados se les antoja la siempre simpática compañía de un escritor o un cineasta. A los que, dentro de sí, en alguna parte recóndita de su conciencia, se sienten sucios porque saben que fueron comprados. Antes que esa conducta, que es la que más abomino de mi oficio y de otros oficios colindantes, prefiero el «no, gracias» de Marías, de quien ni siquiera soy lector, y al que alguna vez Pérez-Reverte logrará meter en una pelea a puño descubierto. O no.
David Gistau/ El Mundo

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