lunes, 10 de diciembre de 2012

0 Todo lo que Sistach no le contará sobre la inmersión


Resulta que lo de Quebec era mentira. También lo de Quebec. Pues en ningún rincón de la Vía Láctea, excepto en Cataluña, existe esa aberración pedagógica llamada inmersión lingüística obligatoria; en ninguno. La historia de Canadá, tantas veces repetida, resultó ser otro cuento chino para engañar a los incautos. La inmersión en francés, ahora lo sabemos, es allí voluntaria para los hijos de padres anglófonos, algo más del veinte por ciento de la población local. Así las cosas, nadie que no tenga por lengua materna el francés acaba siendo escolarizado a la fuerza en ese idioma. Ni siquiera en Quebec sucede.
Huelga decir que en Finlandia, el país que goza del mejor sistema educativo del mundo, la minoría de habla sueca recibe la instrucción docente completa en su idioma. No se les ha pasado jamás por la cabeza sumergirlos en el finés. Como el difunto Copito de Nieve, la Sagrada Familia de Gaudí y la coima fija del tres por ciento en cualquier obra pública, la inmersión preceptiva es algo genuina e identitariamente catalán. Un atropello que cuando los nacionalistas intuyen amenazado se justifica apelando al piadoso argumento de la cohesión social, como Sistach. Los niños, predican los alguaciles del Santo Oficio Lingüístico, han de estar todos juntitos y hablando en el mismo idioma a fin de evitar una fatal división entre catalanes.
O sea, justo lo que ya ocurría en el franquismo, cuando en las aulas solo se usaba el castellano, el código común al conjunto de la población. Aunque, entonces, los catalanistas clamaban airados que aquello, el monolingüismo, constituía un muy horrible crimen contra la delicada naturaleza cultural del alumnado. Y por qué lo harán, se podría preguntar algún alma cándida. Buena pregunta que, ay, conlleva una respuesta demoledoramente simple: porque nadie vindicaría el catalán si no resultase obligatorio y comportara mil pequeños privilegios su uso. Si la gente fuese libre para utilizar el idioma de su antojo, el tan loado tesoro de la lengua catalana acabaría en un contenedor de trastos viejos junto a otros cachivaches inútiles. Ningún catalán le concedería la menor importancia. Suena crudo, sí. Pero qué le vamos a hacer, nois, todos los idiomas no pueden ser rubios, tener los ojos azules y medir un metro noventa.
José García Domínguez / Libertad Digital

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