martes, 4 de diciembre de 2012

0 El sustantivo adjetivado: piedra, papel y tijera (y II)


Me decía el otro día un compañero del periódico que aquí ha explotado una bomba nuclear y algunos no la han oído. Yo creo que sí la escucharon, que la escuchan cada día, que se hacen los sordos. Y si les hablas de la radiactividad, te aleguen una sordera repentina… la onda expansiva.
Pero sí saben. Vaya si saben. Lanzan despidos masivos como señuelo de su supuesta preocupación. Esa es su solución: tijeras a las cifras; a las de periodistas en nómina y a las nóminas de los periodistas. Y más piedras en el camino del rigor, que el más por menos ya no está en el súper, sino en la redacción. ¿Muerte al papel? No, al periodismo no lo han matado, ni siquiera se muere, qué va, es algo peor.
¿Qué palabra elegir? Llevo días dudando, ¿violación o prostitución? Ahora caigo: es compatible.
Esta profesión nunca fue de supermanes. Pasamos por controladores de los poderosos aunque siempre estuvimos un poco al socaire del poder. Uno de aquellos profesores que se lo llevaba muerto en la facultad ya nos dibujó el sudoku: “Para ejercer tu sagrada misión has de ser independiente; para ser independiente necesitas dinero; para gestionar bien el dinero te conviertes en empresa”, y es entonces cuando, poniendo números a las casillas, cuadras balances, ingresos y gastos, buscas beneficios para invertir y te dices a ti mismo que lo haces para ser más independiente, más grande y más fuerte, más poderoso contra el poder. Que ese fin justifica tus medios. Pero solo los superhéroes tienen superpoderes. Y el dinero es criptonita: tiene cara y cruz, la independencia que te da se la cobra en intereses. Cuando el dinero es el soporte, el dinero es el objetivo… Lo que empezó siendo el cómo acaba siendo el qué.
No somo héroes, eso es un mito que ya nadie cree. Como Sísifo, solo subimos para no caer, haciendo equilibrios económicos que lastran nuestro compromiso con la verdad. Creemos que en la cima está la verdad, pero hoy sabemos que a la cima no nos dejarán llegar. Y ahora lo primero es sobrevivir a rastras con nuestras vergüenzas. Aunque sordos, ciegos y con la boca tapada por los despidos, es difícil hacer algo más que estar. Cuánto más defender la democracia.
Del periodismo a la empresa periodística, el sustantivo adjetivado. Y en estos días, en estos años, a la compañía de comunicación… complemento avergonzado.
Una vez prostituida la idea, es más fácil el abuso. En el mundo de las ideas, el periodismo es incorruptible. Pero cuando el concepto pasa a complemento y se constituye como empresa, aunque nacida para denunciar las putadas del poder, ya se la puede forzar a que trague por poderes.
Estos días, estos años, ya no sabes si es tumor o metástasis, si fue el atómico Internet o es la mezquindad radiactiva de los que desde un despacho apéndice a la redacción jugaron con nosotros a la piedra filosofal y después se quedaron con el oro.
Alargaron el pasillo que separaba sus cuatro paredes de las nuestras, lo enmoquetaron, hasta lo subieron de piso y ahora, ricos y enmohecidos por su abulia periodística, alejados del oficio que exprimen, son directivos que rellenan su sudoku sin arrestos para decir mañana no vuelvas. Empresarios que olvidaron el talento que se les supone para elegir las palabras y se ridiculizan mandando excusas falsas por e-mail. Ejecutivos ejecutores que disfrazan purgas de “inadecuados perfiles” o “faltas de polivalencia”. No se dan cuenta de que las palabras los retratan y quedan como bobos desalmados (o desalmados bobos, que tanto monta).
No es la crisis económica. Al menos, no solo esa. Es más fácil: sujeto, verbo y predicado.
Repitan conmigo: “Te despido porque elijo a los que menos me jode que se queden”.
Y ya está.

Alberto D. Prieto
Jot Down Spain

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