sábado, 8 de diciembre de 2012

0 Messi catilinario


El primer síntoma lo percibí en el Parlamento, cuando un diputado de CiU, ardiente su intervención de destino manifiesto, cerró el discurso citando una frase de Vicente del Bosque. O sea, aún peor, en términos de excelencia intelectual, que si hubiera recurrido a la arenga de Mel Gibson haciendo de Braveheart. 
Ahora nos encontramos con Messi, un poco pensador orgánico, y otro poco ser taumatúrgico, con cuyos dolores de rodilla se paralizan las respiraciones, zanjando el pleito del bilingüismo con una autoridad que el mundo no recordaba desde las Catilinarias. Y no me lo entretengan más con estas fruslerías, a Messi, que tiene una cola de leprosos esperando la imposición de manos y luego va a resolver el teorema de Fermat. 
Hace tiempo que el F.C. Barcelona tiene asumida su naturaleza de ejército desarmado, y que la ejerce como ahora, aun a riesgo de que parezca que ahorma la conciencia de sus futbolistas como si hubiera condiciones de pertenencia ajenas a las propias del fútbol. Lo nuevo no es esto, sino que se conceda a los futbolistas, de un modo cada vez más desinhibido, cierta capacidad de influencia moral por la que se cree que a alguno de ellos pertenece el derecho a la última palabra en asuntos de la vida pública. Macías citó a Del Bosque como si ahí hubiera encontrado un argumento irrefutable para conceder la independencia, como si el entrenador fuera el depositario de la infalibilidad de Churchill. Sabíamos que, en la escombrera nacional, entre todos los colapsos institucionales, sólo los futbolistas conservaban una imagen de éxito. Pero nunca sospechamos que terminarían siendo reclamados para sustituir a los gurúes de la conducta colectiva, un poco como ha ocurrido en Ucrania, de cuya decadencia corrupta ha emergido, como único hombre limpio, cargado de futuro, un boxeador campeón del mundo. 
Ésta ha de ser otra acepción de la anti-política y del secarral intelectual: cuando Messi sostiene el relato y Del Bosque ingresa en el libro de citas. Si tuviéramos una tradición heroica relacionada con los militares, en lugar de con los deportistas, estaríamos a punto de hacer presidente a un Eisenhower. Que, a falta de un Ike, no podamos pasar de un Tito Vilanova, da fe de hasta qué punto nuestro tiempo nos aboca a la melancolía. 
David Gistau/ El Mundo

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