jueves, 4 de julio de 2013

0 Scolari, el último superviviente


Para Luiz Felipe Scolari (Passo Fundo, Brasil, 1948), siempre ha sido una cuestión de supervivencia. Procedente de una familia campesina relativamente acomodada –su padre llegó a ser futbolista profesional-, no tuvo que trabajar de joven repartiendo periódicos, llevando cajas de fruta o limpiando zapatos, como hacían algunos chicos de su edad. Sus problemas venían por otro sitio: no era lo suficientemente bueno con la pelota.Con el paso del tiempo, esa falta de talento la fue supliendo con trabajo hasta convertirse en un defensor duro y agresivo, de esos que basan su juego más en incomodar al rival que en prestar atención a la pelota. Sus compañeros lo llamaban pema-de-pau, que viene a ser algo así como pierna de madera. Suficientemente ilustrador. Llegó a jugar como profesional en equipos modestos como el Caxias, Juventude o CSA, club con el que ganó un campeonato Alagoano. Pocos los recordarán por esta faceta.
Como entrenador, en cambio, mostró más aptitudes.Fue haciéndose un nombre en equipos humildes hasta que Gremio de Porto Alegre le dio una oportunidad en 1993. No se equivocaron. En tres años ganó seis títulos (entre ellos la Copa Libertadores de 1995), un reconocimiento eterno y la ingratitud de muchos aficionados que le acusaron de traicionar los valores del fútbol brasileño enterrando el Jogo bonito. Aquel equipo de Scolari no jugaba bien al fútbol. Tampoco lo pretendía. Buscaba ganar.

Años después, meses antes del inicio del Mundial de Corea y Japón, obsequió a sus jugadores con un ejemplar de ‘El arte de la guerra’, libro escrito por Sun Tzu hace más de 2.500 años y que, entre otras cosas, explica cómo engañar al enemigo para doblegarle sin la necesidad de luchar. Nunca un libro fue llevado tan al pie de la letra sobre un terreno de juego como lo hizo aquel equipo. Scolari, que había llegado al cargo un año antes, se encontró una Selección al borde de la eliminación practicando un fútbol anárquico e impredecible. En su primer partido perdió 1-0 ante Uruguay con un gol de Federico Magallanes. Para el siguiente encuentro, había aprendido la lección: se resguardó atrás con tres centrales, colocó dos hombres rápidos por las bandas [Belleti y Roberto Carlos], puso un doble pivote y terminó ganando 2-0 a Paraguay. Terminó clasificándose de un modo honroso haciéndose fuerte en casa y meses después, levantaba la Copa del Mundo. Todos alabaron la importancia de su figura, su capacidad para sacar resultados de la nada. En menos de quince meses, había convertido a un equipo sin rumbo en campeón mundial. Brasil no deslumbró y para la historia ha quedado el triunfo de un bloque sólido y fiable. Pocos repararon en que ese equipo contaba con un renacido Ronaldo, al mejor Rivaldo, y a un incipiente Ronaldinho. Nunca se trató sólo de fuerza.

Un trotamundos

Profundo admirador de Helenio Herrera y de la épica de Brian Clough y su Nottingham Forest, Felipao se fue haciendo especialista en torneos cortos por una razón: dominaba como nadie la presión de los partidos a vida o muerte. Tras dejar la Selección brasileña al término del Mundial, se hizo cargo de la Selección portuguesa, a quién entrenó entre 2002 y 2008 (Subcampeonato de Europa y semifinalista del Mundial), y al Chelsea, donde no terminó de funcionar y fue despedido a mitad de temporada. Más tarde, una vuelta a Brasil para entrenar al Palmeiras, y una etapa económicamente atractiva en Uzbekistán hasta que hace unos meses asumió de nuevo el reto de hacer un equipo ilusionante de cara al Mundial del año que viene. Los que confiaron en él, sabían lo que se encontrarían.
La singularidad de Felipao consiste en motivar a sus jugadores hasta la extenuación. Luis Figo, a sus órdenes en el Mundial de 2006 con Portugal, todavía recuerda los papelitos que el entrenador pasaba por debajo de la puerta con mensajes estimulantes. “La disposición para los cambios en nuestros días es cuestión de supervivencia”. De eso se ha tratado siempre, de sobrevivir del modo más digno entre las crueldades que habitualmente ofrece el fútbol. En imponer la discutida lógica de que un equipo preparado para la batalla siempre es más efectivo que otro preparado para jugar al fútbol.“El resultado queda para la historia, el Jogo bonito pasa”, indicaba ayer Scolari en la rueda de prensa previa al partido de hoy. “Si ganamos, enviaremos un mensaje al mundo. España ha practicado el mejor fútbol en los últimos seis años, eso es indiscutible, pero nosotros debemos darle la vuelta a esta situación con fuerza, lucha y espíritu".
Borja de Matías / Grada 360

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