jueves, 4 de julio de 2013

0 Rey del pollo a l´ast

Lo de Ramoncín parece una versión paródica de la mudanza que otro madrileño, José Bergamín, hizo al independentismo vasco. En los ochenta, en los años de plomo. Acaso Bergamín pensara, como Alberti, que los de la guerra fueron sus años más hermosos, aquéllos en los que más se divirtieron: «¡La Belle-Époque!». Así, un reflejo terminal habría animado a Bergamín a buscar, entre las mismas montañas que Otegui exige preservar hasta de internet, un Shangri-La utópico en el que aún se combatía. Y del que obtuvo un perfecto entierro de «gudari», que superó el de poeta, aficionado a los toros y acumulador de derrotas que le habría ofrecido Madrid. Lo comprendo. De poder elegir, yo querría ser enterrado como héroe victoriano, aunque sólo fuera para ser transportado por White Hall en armón, entre gaiteros y altivos gorros de piel de oso.
Ramoncín ha decidido no resignarse a los pocos estímulos que hay en la voluntad de ser España. A este lado no existe ni un espacio emocional en el que juntarse a prender mecheros durante un concierto. A mí me viene bien, porque estoy en una fase perezosa, de apetencia de soledad, en la que no me veo persiguiendo destinos colectivos con la música alta. Ni besos de la victoria como el de Times Square me apetecen ya. Estoy extinguido, como buen castellano que no aspira a reinventarse como otra cosa. Pero a Ramoncín le queda una brasita interior que ha puesto a disposición de otro Shangri-La nacionalista, al que se ha marchado a ofrecer auxilio como Sting a los indígenas de la deforestación amazónica.
Ése fue el gran error de Ramoncín, por el que lo abuchearon en el campo del Barcelona. En su saludo, como si no recordara qué sermón redentor le tocaba esta semana, mezcló Cataluña con Palestina, como un nuevo Bartolomé de las Casas que se propusiera encontrar el alma de unos buenos salvajes oprimidos por los españoles. Y la raíz burguesa del nacionalismo catalán lo chifló con ganas. Una cosa es pedir libertad, y otra muy distinta pasar por pobres. Luego aludió a la república española, y entonces sí que fue evidente que a Ramoncín le había hecho cortocircuito la gramola de los motivos de compromiso. Por poco no acabó dando vivas al Tibet libre y al subcomandante Marcos.
Hay que comprenderlo. No es fácil. Un oriundo de Vallecas puede levantarse por la mañana y decir, «Mira, me voy a hacer independentista catalán, como Dyango». Pero tampoco es que den un cursillo. A Ramoncín le ocurre con la militancia independentista lo que a los nuevos fichajes del Barcelona: necesita un tiempo de adaptación para integrarse en los automatismos del juego. Dice que anhela instalarse en la capital de una Cataluña independiente. Su elección de causa le impondrá por tanto un cambio horario menos abrupto que el de Willy Toledo

David Gistau
ABC

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