miércoles, 24 de julio de 2013

0 El cantante



Ahora, Jéctol, mientras te recuerdo cantando “Ah, ah, oh, no”, me pregunto a qué hora pasaron esos veinte años que llevas muerto.
Al oír la canción me dan ganas de acompañarte, porque nadie se queda impasible cuando tú suenas. Cuando tú suenas todos nos volvemos coristas.
Te oigo, Jéctol, te sigo oyendo.
Y yo te pido un besito
Ah, ah
Y te toco la manito
Oh, no
Y te digo que te quiero
Ah, ah
Que eres mi único anhelo.
Entonces me traslado mentalmente a una fiesta en Ponce, Puerto Rico, tu ciudad natal. Veo enamorados abrazados que se separan en la pista de baile para zapatear mejor la canción; veo gente que prefiere suspender la danza para dedicarse a contemplarte.
Es que contigo, Jéctol, no había pierde: uno ganaba si te oía, si te veía, si te bailaba, si se quedaba en casa oyendo tus discos, o si hablaba de ti con los amigos salsómanos. Eras el emperador del swing, el caporal del gozo, el dueño de la gracia. El amo del baile.
Hubieras podido encender la fiesta tú solo, cantando a capela, porque tenías pimienta, sabor, azuquita, pega-pega. Por eso eras Lavoe. Por eso eras LaVoz.
Conozco a varios cantantes de salsa que tienen una voz mejor que la tuya.
Andy Montañez, por ejemplo, o Jerry Rivas, y hasta Gilberto Santa Rosa, el dulzarrón. Tú no tenías la corrección académica de ellos en el canto; tú eras agudo, a veces chillón.
Además solías perder la métrica de la melodía y retomarla cuando te daba la gana, porque lo tuyo no era la asepsia sino el disturbio de los sentidos: tú no cantabas para que se oyera bonito sino para que se estremecieran hasta las piedras.
Y nos estremecíamos mientras te oíamos, Jéctol, aquella noche en el barrio Bélgica de Ponce:
Ay, tú eres mi bombón
Ah, ah
Mi bombón de chocolate
Oh, no
Cuando te miro a los ojos
Ah, ah
El corazón me late.
Sabíamos que eras “el cantante”, como lo pregonabas a los cuatro vientos en esa canción que Rubén Blades compuso especialmente para ti.
Un sonero de cinco pares de pinga, brother, como te decían quienes te aclamaban en las Antillas españolas.
Con la voz de Jerry Rivas, pulida y bien timbrada, cualquiera canta. Pero con la tuya, gangosa y asincopada, solo podías hacerlo tú, porque tenías una fuerza y un espíritu fogoso que estaban por encima del canto.
Lo que entonabas era secundario ante lo que comunicabas: tu bembé, tu sabrosura, esa especie de furor barriobajero que convertía cada canción tuya en una experiencia visceral.
En 1998 Tite Curet Alonso me contó por qué te dio a ti una de sus canciones más conocidas. “El único tipo al que se le oía creíble decirle a una mujer que es un periódico de ayer, era Héctor Lavoe ”.
Te oigo, Jéctol, te sigo oyendo. Porque aunque todos nos sepamos tu repertorio, aunque todos te hagamos el coro, tus canciones solo se vuelven únicas cuando las cantas tú.
Alberto Salcedo Ramos / ProDavinci

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