jueves, 8 de noviembre de 2012

0 Gladiadores modernos, piscinas turbias y ángeles ebrios. Cuatro días en Las Vegas para la pelea cumbre de la lucha definitiva (VII)


Mientras cavilo sobre todo esto me encuentro la reproducción exacta de la conocida estatua de Julio Césarataviada con un gorro de cocinero, una pala de hacer barbacoa y una bandera americana para celebrar el 4 de julio.

Esa tarde se convoca a los medios para visitar Fremont, la calle central del viejo Las Vegas, el que creó la mafia y cantó Elvis. En diferentes puntos de la zona se dan cita viejas glorias de la UFC para firmar autógrafos y atender a la prensa.

Describir previamente el Las Vegas actual sirve para poner en perspectiva justa el “casco histórico”, situado a varios kilómetros de distancia a través de moteles, tiendas de alimentación salvadoreñas y las innumerables vallas publicitarias de abogados con sonrisa inquietante que ofrecen sus servicios para resolver cualquier problema a bajo precio. Esta es la parte original de la ciudad, donde es posible apostar a partir de cantidades más bajas y los hoteles valen 25 dólares la noche, con público en consonancia. Los carteles de bombillas de colores de los años cincuenta, vestigios de la época en que llegaron a la ciudad las mismas camareras aún hoy obligadas a lucir escotes de vértigo pese a su provecta edad, son conservados como si se tratara de obras de arte. En las puertas de algunos casinos bailan en bikini chicas que luego actúan como croupiers dentro, con igual vestuario. En lugar de orientales de aire calculador, aquí dirigen las mesas jovencitas recién llegadas de Montana o Monterrey aprendiendo el oficio, o bellezas algo marchitas que en algún momento equivocaron su camino hasta quedar varadas aquí, pero aún con encantos suficientes para distraer a los jugadores. Salvo que, por alguna razón, la banca empiece a perder seriamente, momento en el cual aparecerá un tipo con chaleco de colores y corbata, el que sabe repartir las cartas de verdad.
En medio de la barahúnda, de vez en cuando hay una mesa con personalidades de la UFC: antiguos luchadores, presentadores de televisión, las chicas que pasean los carteles de los asaltos —en la actualidad, Arianne CelesteBrittney Palmer, una morena y una rubia—. Todos son pluscuamprofesionales: el público hace fila, en algunos casos por cientos, para conseguir su autógrafo, cruzar unas palabras o fotografiarse con ellos, y todos son atendidos. Entrevistarles en medio de ese caos es misión imposible, sin contar con que en realidad tampoco sé quiénes son.

Opto, en consecuencia, por darme un paseo y volverme por mi cuenta al hotel. Además de los casinos y las tiendas de souvenires rancios, abundan en Fremont los carteles de comida en la mejor tradición de la América profunda, donde la calidad es un valor francamente secundario respecto a la cantidad. En un extremo de la calle se encuentra su epítome, el original Heart Attack Grill, con camareras vestidas de enfermeras guarrillas y carta con tamaños crecientes hasta llegar a la imbatible hamburguesa Cuádruple Bypass de dimensiones elefantiásicas, incognoscibles.
Todo esto, como el Elvis panzón con el que fotografiarse por unos pavos o los tenderetes en los que pintan cuadros espaciales con spray —sí, los que se pasaron de moda en las Ramblas como hace diez años— podría parecer enternecedoramente cutre, el tipo de encuentros bizarros que salpican todos los episodios de series de visita a Las Vegas. Pero entonces veo al sesentón vestido sólo con unas alitas de ángel y unos calzoncillos blancos de ventanuco del que se están riendo unos adolescentes mientras se retratan con él, y mi momento friqui se viene abajo.
La fauna que por aquí deambula intentando arrancarte unas monedas no son perdedores románticos de una canción de Tom Waits. Son gente privada de la más elemental dignidad por alguna o varias posibles razones: el alcohol, las drogas, el juego, la falta de educación, cualquier enfermedad cuya curación no pudieron pagar. En ningún caso se convertirían en divertidos e incontrolables compañeros de juergas terminadas en una capilla rápida.

Al fin alcanzo un estado en el que apelar al viejo Hunter S. Thompson y su miedo y asco, aunque por muy diferentes razones. El asco me lo da la idea de comerme una Cuádruple Bypass, después de haber visto las fotos de la puerta y ver el personal que entra en el local. El miedo me lo produce la posibilidad de que este lugar realmente sea un modelo a imitar para impulsar el desarrollo económico.

Vuelvo al hotel en el autobús, donde solo vamos los turistas y los que no pueden pagarse un coche. He faltado a mis obligaciones de periodista y no he esperado para dar testimonio de la hora crepuscular en que se irán a descansar los Elvis, las Marylines, las putas y el ángel del slip de algodón amarillento.

Julián Díez
Jot Down

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