lunes, 27 de mayo de 2013

0 Cerrar el bucle

Florentino Pérez, que siempre necesitará un Talleyrand, me atrevería a pedirle que recupere a Jorge Valdano. Lo digo sin un ápice de sarcasmo. A mí me gusta Valdano. Tal vez porque soy inmune a los prejuicios argentinófobos que constituyen el arsenal argumental de los que lo detestan: ni aun considerándome una consecuencia cultural de Castilla –polvo, sudor y hierro–, entenderé nunca que hablar bien sea un defecto invalidante por el que hay que arrojar a alguien al pilón. 
Cuando era la Mano del Rey en Chamartín, las decisiones técnicas de Valdano crearon el síndrome Queiroz, que yo asociaré siempre a la fatuidad absolutista del florentinismo. Pero alguien debe aportar palabras a lo que viene, cuando los escritores del tardomourinhismo no seamos, como diría Pedro Ampudia, sino nostalgia del Ausente. Y eso ha de hacerlo Valdano. Pese a frases tan brillantes como la de que el Madrí era la única oportunidad para un español de sentirse el mejor en algo –reflexión pre-2008, obviamente–, sospecho que Valdano no terminó nunca de armar el discurso intelectual del Real Madrid por una pizca de vergüenza de pertenencia al club –y a sus ramificaciones metafóricas– denostado por todos los gurúes que comparten su visión del fútbol, y que son los únicos interlocutores con los que puede divertirse hablando. A Valdano le ocurre lo que almarine de Avatar: habría querido tener piel azul y pertenecer a la tribu de los puros. No servir a la Némesis del ejército desarmado que supo fabricarse un relato redentor que arranca con el mito de la grada catalizadora de democracia (mito falsificado también en San Mamés: no he logrado que un solo testigo presencial de aquel tiempo me confirme que los vizcaínos de los años cincuenta aprovechaban las finales de Copa del Athletic en Chamartín para venir a Madrid a luchar esa tarde denodadamente contra Franco). Pero el caso es que a mí Valdano me gusta. Y querría que me hablara él, porque conAncelotti me ocurre ya lo que decía Jünger de los compañeros de trinchera: cogerles aprecio era sólo garantizarse dolor en su muerte siempre cercana. Ancelotti entra en la ciudad y de las murallas penden, esqueletos admonitorios, todos los entrenadores de Florentino Pérez. 
Otra ventaja de que volviera Valdano sería que terminaría de cerrarse el bucle, después de la digresión mourinhista. Con Valdano de nuevo en la portavocía, un aficionado del Real Madrid que despertara ahora después de permanecer tres años en coma se readaptaría con mucha facilidad porque no notaría el menor cambio en el club. Otra vez las promesas de fichajes galácticos para sacar adelante unas elecciones o un mal ciclo. Otra vez un Real Madrid que, antes que librar peleas internas para evolucionar, prefiere reconocerse en anacrónicos tópicos identitarios. Como de aristocracia venida a menos, la que vale más por los retratos de los antepasados que por el futuro, en cuya carrera el RMCF se arriesga a ser atropellado por el dinamismo de los Borussias con más audacias que remilgos y con una hinchada más viva. 
Con todo, percibo en el madridismo un enorme sosiego. Como si hubiera alivio, después de tanta agitación, por regresar a un territorio doméstico, en el que la gente comprende lo que pasa, incluso cuando lo que pasa es mediocre. Creo que ese regreso al aburguesamiento museístico –de museo, aunque también de mus post-chuletón– es lo que trató de anunciar Casillas con la fotografía que se hizo sosteniendo un puñado de pipas (¡qué consagración depipero, el neologismo inventado por Hughes, tan brillante él que en sólo unos meses ya se ha hecho hasta con odiadores propios!). A Casillas, al fin y al cabo estatuario, no le convienen tiempos iconoclastas, de grandes cuestionamientos. 
No me extraña que, en su penitencia personal, haya obtenido la solidaridad del rey, capaz como nadie de comprender las zozobras que afectan a los símbolos, que han de ser inmutables como si los circundara una superstición. Un amigo dice que si haces una ouija, y vas al cuarto de baño, y ahí dices tres veces Diego López, en el espejo aparece un primer plano de Iker Casillas en el banquillo. 
Sí. Antes incluso que a Valdano, hay que restituir a Iker. El que está a punto de despertar de un coma de tres años reconocerá su mundo cuando lo vea en la portería, definitivo como el acueducto según se sale de Cándido.
David Gistau / El Mundo

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