martes, 10 de mayo de 2016

0 Kenteris, Thanou y el suero del supersoldado

El dopaje, además de una lacra para la imagen del deporte profesional, es una fuente inagotable de diversión y espectáculo. Y no nos referimos a lo que las ayudas químicas suponen para la competición, ya sean musculaturas superlativas o cantidades de glóbulos rojos en sangre medibles en camiones cisterna, sino a las explicaciones de los dopados cuando los pillan con el carrito de los helados, que suenan como si tu pareja intentara elaborar sobre la marcha una excusa cuando vuelve a casa de una cena de empresa y al pasarle la luz negra brilla como un Gusiluz.

La argumentación e inventiva en el deportista de élite es una rara virtud, por lo que cuando se hacen públicas ciertas explicaciones a lesiones confusas, como que se rompió un frasco de perfume y el vidrio seccionó un tendón de la pierna o que se cayó una plancha y la cogió en el aire con las dos manos por la parte que quema, solo queda la sospecha y el escepticismo. Pero en particular, el tema del dopaje es una cosa formidable. Hay varias escuelas distintas (los del «Me han echado droga en el Cola Cao», los del «¡No sabía que contenía productos dopantes!», los del «Somos lo que comemos», etc.), aunque todos comparten una premisa: ¡soy inocente! Hay otro grupo, en los inicios muy aceptado pero hoy en día en vías de extinción, que defiende la técnica ninja: cuando hay que hacer control antidopaje son los que tiran una bomba de humo al suelo y desaparecen. Pero no adelantemos acontecimientos.

Retrocedamos hasta el año 2004. Los Juegos Olímpicos se van a celebrar en Atenas y estaba previsto que la efervescencia local llegara a su punto álgido con el atletismo, donde los griegos contaban con fundadas opciones de medalla en carreras de velocidad: en 200 y 100 metros lisos, en categoría masculina y femenina respectivamente, con Konstantinos Kenteris y Ekaterini Thanou. Recientes adaptaciones al cine de batallas históricas, con profusión de abdominales hipertrofiados en posproducción, pueden llevar a engaño, pero hace siglos que los griegos no son conocidos especialmente por su exuberancia física. Es más, en los últimos años, los mayores portentos del deporte heleno en este aspecto se personifican en los baloncestistas Giannis Antetokounmpo o Sofoklis Schortsanitis, que de oídas parecen pertenecer a familias griegas cuyas raíces se pierden en la historia helenística, pero cuando ves su fotografía te puedes llevar cierto desengaño.

Schortsanitis, apodado Baby Shaq por razones obvias. Foto: Klearchos Kapoutsis (CC)
Schortsanitis, apodado Baby Shaq por razones obvias. Foto: Klearchos Kapoutsis (CC)

Kenteris y Thanou tenían bastante en común: eran griegos, blancos, velocistas con un físico espectacular, compartían entrenador, eran esquivos con la prensa y triunfaban en los campeonatos internacionales donde en las últimas citas se subían al cajón: en el palmarés de Thanou destacaban el oro europeo (en Múnich 2002) y las platas olímpica (en Sídney 2000, aunque volveremos a esto más adelante) y mundial (en Edmonton 2001), mientras que su compatriota había dominado el doble hectómetro siendo campeón olímpico, mundial y europeo en esas mismas citas. Es decir, Kenteris aprovechó el vacío de poder dejado por Michael Johnson tras Atlanta 96 para dominar la distancia. Hablemos de Johnson, «el expreso de Waco», «el chico de las zapatillas de oro»; quien no lo recuerde, era aquel atleta objetivamente paticorto con un tremendo tren superior. Una aparente desventaja genética —tener las piernas cortas en proporción a su cuerpo— resultó una ventaja competitiva porque, según diversos estudios biomecánicos, su centro de gravedad bajo y su zancada corta apoyada en unos glúteos pétreos le permitían trazar con más eficiencia las curvas, de ahí que explotara al máximo su talento en 200 y 400 metros, donde logró récords mundiales. Otro tanto se decía de Michael Phelps, cuyo torso exageradamente grande favorecía su comportamiento hidrodinámico, lo que se tradujo en veintidós medallas olímpicas. O los pies enormes y flexibles, como aletas de buceador, que lucía el nadador australiano Ian Thorpe, otro coleccionista de preseas. Pero ser blanco, en pruebas de velocidad, más que una ventaja competitiva coincidiremos en que es un hándicap. No era algo que se dijera abiertamente en el mundillo o en la prensa puesto que podría sonar racista, pero extrañaba que dos atletas de esta raza procedentes de un país sin tradición velocista asaltaran así, de la noche a la mañana, el podio de las competiciones más prestigiosas. Además, no era frecuente verlos en mítines en el extranjero ya que solían andar desaparecidos realizando intensos y misteriosos entrenamientos en los confines del mundo. Por si fuera poco, su entrenador Jristos Tzekos había tenido problemas por algún asuntillo con productos dopantes. Vamos, que el tema olía bastante mal, si bien todos los controles antidoping a los que se les había sometido habían resultado negativos.

Arturo Peñalba
Jot Down
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