domingo, 28 de agosto de 2011

0 Recuerdos de Umbral

Año 4 D.U.

Cuatro años después, me atrevo a decir que a este periódico le sucede con la columna de Francisco Umbral lo que a los amputados que sienten la pierna que ya no tienen. «Miembro fantasma», me dicen que se llama eso. Y me conviene, porque Umbral aún nos mueve los vasos con cada renglón en el que le hacemos revivir por un instante quienes le imitamos, quienes procedemos de él como si hubiéramos brotado de metáforas aventadas al soplar en su estilo.
La última vez que le vi, él estaba en un hospital, en batín, con las canillas peladas al aire, y trataban de obligarle a caminar por el pasillo. Era increíble que aún mandara el puto folio diario ese hombre que iba a morir dictando, atragantado de palabras, de cosas que pronunciar. Pensé que nuestra intimidad no era tan honda como para que le apeteciera que yo le viera así, tan colmado de renuncias al personaje, así que me di la vuelta en la escalera y me marché, inadvertido. Que permanecieran intactos los recuerdos de la casa de Majadahonda, cofa orientada hacia las luces de costa de Madrid, en la que me hacía beber para beber por delegación, hablábamos horas y luego me despachaba en taxi con una tajada de intentar abrir el ascensor con la llave de casa.
Siempre sospeché que era sonar el timbre y se ponía el blazer y se hacía el sorprendido junto a la Olivetti, para no defraudar a la visita. La bufanda y la ideología completaban el atrezo, la corteza pública que había que rascar para encontrar a ese tipo cojonudo que pocos vieron por no ser capaces de desplazarlo más allá de las convenciones literarias.
Hay un sentido menor en que sucedan cosas, porque ya no ocurren para que Umbral les encuentre la metáfora. Los acontecimientos de nuestro tiempo ya no son destilados en esa columna por la que pasaron la Transición, el felipismo, el aznarismo, todos los nombres propios que aleteaban ahí como un insecto al que acabaran de clavarle el alfiler de su ínfima posteridad propia. A veces con una crueldad corrosiva, porque Umbral no era Paulo Coelho, no escribía para subir el azúcar a los cursis, a menudo lo hacía para desbaratar prestigios o para desahogar sus pequeñas derrotas, que también las habría.
Cuando murió, temí que fuera olvidado. O que sólo se le recordara por estupideces como «yo vine aquí a hablar de mi libro». Creo que el tiempo ya ha hecho una criba, y Umbral sigue vivo en los hábitos de los buenos lectores, condenados a releer fogonazos de estilo que sobreviven a la fugacidad del asunto periodístico. Toda su obra ayudará siempre a comprender una España que se nos ha quedado ya muy atrás. No hay placer sencillo comparable al de quedarse atrapado por la mañana en la lectura de un periódico. Por eso añoro a Umbral. Y también por eso celebro hallaz-gos compensatorios, como el de Manuel Jabois, que pronto andará cerca de aquí.
David Gistau
Publicado hoy en El Mundo

0 comentarios:

Publicar un comentario

 

No queda sino batirse Copyright © 2011 - |- Template created by O Pregador - |- Powered by Blogger Templates