martes, 13 de marzo de 2012

0 La muchacha y el pintor

Debió de ocurrir por el año cincuenta y tantos. Tengo un recuerdo preciso pero ingenuo de aquello, así que supongo debía de tener yo, entonces, siete u ocho años. Era sábado o día de vacaciones, porque no había ido al colegio y estaba tumbado en la hierba del jardín, a la sombra de un árbol, leyendo tebeos de la editorial Novaro -Roy Rogers, Hopalong Cassidy, Gene Autry o uno de ésos-. Era por la mañana, pues la luz del sol iluminaba los cipreses de la entrada, la cerca exterior y la puerta. Había alguien trabajando allí: un hombre joven, aunque a mí me parecía mayor, que pintaba la puerta de verde. Me fijaba en él porque al llegar, antes de empuñar la brocha, se había acercado a decirme algo que no recuerdo sobre los tebeos. Era moreno, con la camisa manchada de pintura y remangada por encima de los codos. Me pareció simpático. 

Era primavera, creo. Hacía buen tiempo y las ventanas estaban abiertas. En una, limpiando los cristales, estaba una chica joven que trabajaba en casa. Ahora la llamaríamos empleada de hogar, pero entonces las palabras usuales eran sirvienta, criada o muchacha. De modo familiar, chacha. Tan familiar que, por ejemplo, a la señora que durante toda su vida trabajó para la familia de mi abuelo, y que murió muy anciana, viviendo en la casa, respetada y querida por todos, la llamamos siempre la chacha Encarna. Y todavía, al recordarla, nos referimos a ella así. 
Arturo Pérez-Reverte
XL Semanal
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