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jueves, 8 de noviembre de 2012

0 Gladiadores modernos, piscinas turbias y ángeles ebrios. Cuatro días en Las Vegas para la pelea cumbre de la lucha definitiva (VII)


Mientras cavilo sobre todo esto me encuentro la reproducción exacta de la conocida estatua de Julio Césarataviada con un gorro de cocinero, una pala de hacer barbacoa y una bandera americana para celebrar el 4 de julio.

Esa tarde se convoca a los medios para visitar Fremont, la calle central del viejo Las Vegas, el que creó la mafia y cantó Elvis. En diferentes puntos de la zona se dan cita viejas glorias de la UFC para firmar autógrafos y atender a la prensa.

Describir previamente el Las Vegas actual sirve para poner en perspectiva justa el “casco histórico”, situado a varios kilómetros de distancia a través de moteles, tiendas de alimentación salvadoreñas y las innumerables vallas publicitarias de abogados con sonrisa inquietante que ofrecen sus servicios para resolver cualquier problema a bajo precio. Esta es la parte original de la ciudad, donde es posible apostar a partir de cantidades más bajas y los hoteles valen 25 dólares la noche, con público en consonancia. Los carteles de bombillas de colores de los años cincuenta, vestigios de la época en que llegaron a la ciudad las mismas camareras aún hoy obligadas a lucir escotes de vértigo pese a su provecta edad, son conservados como si se tratara de obras de arte. En las puertas de algunos casinos bailan en bikini chicas que luego actúan como croupiers dentro, con igual vestuario. En lugar de orientales de aire calculador, aquí dirigen las mesas jovencitas recién llegadas de Montana o Monterrey aprendiendo el oficio, o bellezas algo marchitas que en algún momento equivocaron su camino hasta quedar varadas aquí, pero aún con encantos suficientes para distraer a los jugadores. Salvo que, por alguna razón, la banca empiece a perder seriamente, momento en el cual aparecerá un tipo con chaleco de colores y corbata, el que sabe repartir las cartas de verdad.
En medio de la barahúnda, de vez en cuando hay una mesa con personalidades de la UFC: antiguos luchadores, presentadores de televisión, las chicas que pasean los carteles de los asaltos —en la actualidad, Arianne Celestey Brittney Palmer, una morena y una rubia—. Todos son pluscuamprofesionales: el público hace fila, en algunos casos por cientos, para conseguir su autógrafo, cruzar unas palabras o fotografiarse con ellos, y todos son atendidos. Entrevistarles en medio de ese caos es misión imposible, sin contar con que en realidad tampoco sé quiénes son.

Opto, en consecuencia, por darme un paseo y volverme por mi cuenta al hotel. Además de los casinos y las tiendas de souvenires rancios, abundan en Fremont los carteles de comida en la mejor tradición de la América profunda, donde la calidad es un valor francamente secundario respecto a la cantidad. En un extremo de la calle se encuentra su epítome, el original Heart Attack Grill, con camareras vestidas de enfermeras guarrillas y carta con tamaños crecientes hasta llegar a la imbatible hamburguesa Cuádruple Bypass de dimensiones elefantiásicas, incognoscibles.
Todo esto, como el Elvis panzón con el que fotografiarse por unos pavos o los tenderetes en los que pintan cuadros espaciales con spray —sí, los que se pasaron de moda en las Ramblas como hace diez años— podría parecer enternecedoramente cutre, el tipo de encuentros bizarros que salpican todos los episodios de series de visita a Las Vegas. Pero entonces veo al sesentón vestido sólo con unas alitas de ángel y unos calzoncillos blancos de ventanuco del que se están riendo unos adolescentes mientras se retratan con él, y mi momento friqui se viene abajo.
La fauna que por aquí deambula intentando arrancarte unas monedas no son perdedores románticos de una canción de Tom Waits. Son gente privada de la más elemental dignidad por alguna o varias posibles razones: el alcohol, las drogas, el juego, la falta de educación, cualquier enfermedad cuya curación no pudieron pagar. En ningún caso se convertirían en divertidos e incontrolables compañeros de juergas terminadas en una capilla rápida.

Al fin alcanzo un estado en el que apelar al viejo Hunter S. Thompson y su miedo y asco, aunque por muy diferentes razones. El asco me lo da la idea de comerme una Cuádruple Bypass, después de haber visto las fotos de la puerta y ver el personal que entra en el local. El miedo me lo produce la posibilidad de que este lugar realmente sea un modelo a imitar para impulsar el desarrollo económico.

Vuelvo al hotel en el autobús, donde solo vamos los turistas y los que no pueden pagarse un coche. He faltado a mis obligaciones de periodista y no he esperado para dar testimonio de la hora crepuscular en que se irán a descansar los Elvis, las Marylines, las putas y el ángel del slip de algodón amarillento.

Julián Díez
Jot Down

viernes, 2 de noviembre de 2012

0 Gladiadores modernos, piscinas turbias y ángeles ebrios. Cuatro días en Las Vegas para la pelea cumbre de la lucha definitiva (VI)

Las tiendas parecen residir en ese universo paralelo en el que también habitan los aeropuertos, lugares para gente que sólo desea comprar ropa de marca, joyas, alcohol y chocolate. Vine con la idea de comprarme un e-reader barato, pero no encontraré ni una tienda con tecnología. En la zona menos lujosa aparecerán al fin algunas tiendas de souvenirs, y entonces abandono el duty-free para adentrarme en las zonas más inhóspitas de Benidorm: hay camisetas con flores que juraría que he visto en el mercadillo de Torrevieja (aquí con el serigrafiado de Las Vegas, claro), bolas de nieve, tetas y culos de plástico y hasta espadas toledanas. Cuando veo la clásica “Mis abuelos fueron a Las Vegas y se acordaron de mí” me veo impelido a abandonar el recinto.

El personal con el que me cruzo por el camino está en esta línea. Supongo que existe un Las Vegas de categoría superior, pero no me será dado acceder a él. Al fin y al cabo, el príncipe Harry la liará parda semanas después de mi estancia en el propio MGM Grand, y no creo que él se bañara en un charco de agua turbia con un metro de profundidad —aunque, eso sí, de manera muy americana, con un socorristas a cada extremo de la piscina vigilando que no te ahogues al desplomarte por la ingesta incesante de cerveza.

Mi creciente impresión es que en Las Vegas hay una preocupante escasez de personas que podríamos calificar como normales, si es que tal cosa existe hoy en día, en particular en Estados Unidos. Hay gran número de malvivientes de los que posiblemente no podrían pagarse una operación de apendicitis si no se la cubre su seguro médico, pero que sí están dispuestos a fundirse mil dólares en busca de la fortuna rápida, y algunas limusinas con muchirricos que se hospedan en las plantas superiores de los hoteles buenos-buenos. Pero apenas nada del sector de población entre medias. Quizá sea porque no hay mucho que hacer con niños, los espectáculos parecen de menor categoría que en Nueva York o Londres —salvo, tal vez, los seis simultáneos del Cirque du Soleil—, y las posibilidades de visitas culturales son tan risibles que en un hotel de esos que simulan ser Italia exponen fotos los cuadros de Rafael.  Si efectivamente escuchas por la calle que no vale la pena ir a Europa cuando puedes ver los mismos sitios reconstruidos aquí en cartón piedra… entonces todo lo falso puede valer, ¿no? De hecho, casi toda el agua embotellada a la venta es purificada, no mineral, y así sucesivamente.

Salvo que quieras jugar al blackjack, en tu lugar de origen no puedas beber, tengas la ilusión de disparar una AK-47 o te atraiga la posibilidad de asistir en directo a una versión local de El precio justo o a Andrew Dice Clay canta —ambos en cartel en la temporada alta en que acudí yo—, la mayor sorpresa de Las Vegas es que es un sitio espantosamente aburrido, pero en el que se ha decretado la obligación de ser feliz, lo que acentúa aún más su tristeza. Tal vez por eso, y como me adelantó un amigo cuando le avisé de que iba allí, nadie sonríe con los ojos: algunos lo hacen con la boca, porque así lo decreta la política comercial de la franquicia que les da empleo, o no lo hacen en absoluto, porque han perdido en el casino. Y, para que el negocio se mantenga, el 90% o más deben perder en el casino. Así que, increíblemente, nadie sonríe de verdad en un lugar creado para la diversión.

Julián Díez
Jot Down

jueves, 1 de noviembre de 2012

0 Gladiadores modernos, piscinas turbias y ángeles ebrios. Cuatro días en Las Vegas para la pelea cumbre de la lucha definitiva (V)


La forma en que Ortiz mira a su alrededor, desde su pedestal de celebridad, me resulta un tanto ridícula y me hace reflexionar en general sobre el fenómeno de la fama. Quiero decir: ahí está el tipo repartiendo condescendencia desde su condición de rey del mundo, y yo ni siquiera sabía quién era hace tres días, como no lo sabrán el 99% de las personas que me están leyendo. Sin embargo, es obvio que aquí es un dios. Conseguir ahora mismo una entrevista individual con él es tan inconcebible como podría serlo a Nadal, Mourinho o Alonso.

Me acuerdo de una de mis anécdotas favoritas, una vez que fuimos a un garito en Santander unos cuantos periodistas deportivos después de un Racing-Real Madrid y no nos dejaron entrar. Un presentador de Telemadrid se fue al gorila de la puerta y le preguntó lo de “¿es que no sabes quién soy yo?” Mal cálculo: efectivamente, no tenía ni idea.
Siempre he pensado en lo insatisfactorio que resulta la fama como logro, en su caducidad y el trabajo constante que exige su mantenimiento, pero también está la limitación geográfica e idiomática. Te lo curras para ser el puñetero amo aquí y un avión después te ponen el whisky de garrafón como al resto de los cristianos, porque eres de nuevo un don nadie. Así, desde mi perspectiva, ver a Ortiz medir sus palabras como si fueran ex catedra, da por momentos incluso un poco de risa.
Dos días después, Ortiz dominará casi completamente el combate, de manera inesperada dados los antecedentes inmediatos. El público se va poniendo de su lado. En las siete peleas previas de esa velada resueltas a los puntos fui capaz siempre de adivinar el vencedor, pese a mi total desconocimiento hasta esta semana de las artes marciales mixtas. Pero llega la sorpresa: se da a Griffin como ganador a los puntos. El francés demente que se sienta a mi lado en la grada se hace cruces, dice que es un robo, una venganza. Griffin decide pasar de la entrevista como vencedor, le arranca el micrófono al speaker y le hace él mismo preguntas a Ortiz. Aunque contrariado, y pese a no rellenar ya un impresionante traje color hueso sino unos calzones ajustados, “El Campeón del Pueblo” sigue hablando con la munificencia del Papa de Roma.

Pero volvamos a la cita del jueves. Después de las comparecencias viene el entrenamiento público. Miro un rato trabajar a Sonnen. Efectivamente, el tipo es “a man on a mission”: el gesto es de absoluta concentración, de ira contenida. Los comentarios de Sonnen sobre Brasil han bordeado la xenofobia, y es fácil imaginar a varios de los que le animan por aquí enseñando orgullosos su carnet de la Asociación Nacional del Rifle, por no desarrollar el kit completo.
Aunque muy fuerte de brazos y piernas, y con distintos entrenadores para trabajar los golpes del tren superior y el inferior, Sonnen tiene ese puntito de grasa que conviene a los combatientes para encajar golpes en el cuerpo y tirar de reservas durante los intensísimos 25 minutos que podría llegar a durar su pelea.
Por ello, su cuerpo o el de la mayoría de luchadores a partir del peso medio, no es exactamente escultural, aunque entre las numerosas mujeres del público unas cuantas le observan con interés. La abundancia de mujeres en el entorno de la UFC es llamativa, tal vez coincidente con la admiración que despertaban los gladiadores en la antigua Roma entre las mujeres de clase alta. En su clásica Laureles de ceniza, que leí pocas semanas antes, Norbert Rouland habla sobre esa atracción de la muerte, el poderoso afrodisíaco que supone el peligro sumado a la fortaleza de un cuerpo trabajado. Quizá el mito de la mujer atraída sobre todo por hombres hermosos pero sensibles, y que desconfía de los fuertes que garantizarían fecundidad y supervivencia, sea fruto de una conspiración que hemos urdido los débiles para conseguir pareja, y no tanto de las comedias románticas y las revistas femeninas. Sea como fuere, entre ese público femenino que supone un 30% de la asistencia a los eventos de la UFC no es fácil realizar una categorización simplista: hay algunos floreros que acuden del brazo del equivalente local del empresario arribista español —cincuentón de pelo hacia atrás, barriguilla apretando la camisa Ralph Lauren, cinco o diez centímetros menos que la acompañante en tacones—, y unas cuantas representantes de pura raza de la creciente tribu urbana “white trash”. Pero también mujeres de aire profesional, madres convencionales o grupos de amigas solteras, que disfrutan del espectáculo por sí mismo y lo entienden, en su mayoría por razones simplemente deportivas.

Decido volver caminando hasta mi hotel, que está casi en el otro extremo del Strip. Son varios kilómetros por la avenida a lo largo en la que se van sucediendo los hotelazos que forman el paisaje urbano de las cortinillas de CSI: el Venecia, el Caesar Palace, el Bellagio, el Montecarlo… El calor del desierto aprieta, y la moda para combatirlo es llevar unos gigantescos cócteles granizados en tubo de plástico. Para cruzar las ocasionales calles perpendiculares, no hay pasos de cebra ni semáforos: es necesario entrar en un casino, acceder a una pasarela que lleva a otro casino y volver a salir a la calle.

Julián Díez
Jot Down

martes, 30 de octubre de 2012

0 Gladiadores modernos, piscinas turbias y ángeles ebrios. Cuatro días en Las Vegas para la pelea cumbre de la lucha definitiva (IV)



Otra noticia, menos importante en lo empresarial pero casi definitiva en lo psicológico, es la retirada del ruso Fedor Emilianenko. Dominador invicto durante diez años de los pesos pesados, los Fertita llegaron a ofrecerle dos millones de dólares por combate más el porcentaje del pay-per-view; el doble de lo que cobra Anderson Silva, el considerado mejor luchador del mundo “libra por libra”. Sin embargo, Emilianenko nunca entró en la UFC, lo que ha dado lugar a las inevitables especulaciones en el mundillo, y se mantuvo como freelance que peleaba aquí y allá casi toda su carrera. Su retirada el pasado mes de enero supone que no queda ningún luchador de verdadero relieve público fuera de la órbita de la UFC. Y, por tanto, los de nivel medio-alto como Le deben entrar en ella, porque va a ser el último lugar con ingresos relevantes.

Entre Coté y Le fluye en la rueda de prensa el tipo de relación de camaradería distante que domina en este deporte. En la idea de que pueden hacerse mucho daño el uno al otro, no quieren darse motivo para ello. Se respetan, hablan del rival con una consideración un punto chocante para alguien con quien vas a cruzar todos los golpes imaginables al cabo de 48 horas. Luego, Coté es rodeado por una docena de medios canadienses, que le dan tratamiento de estrella aunque no esté muy por encima del puesto diez del peso medio. El sábado, Le vencerá sin complicación alguna.
Luego sale la estrella de la jornada, Tito Ortiz. La comparecencia de Anderson y Sonnen se adelantó por tener entidad propia, pero también para dejar que “El Campeón del Pueblo” tuviera su gran adiós ante la prensa y los aficionados, que ya llenan el resto de la sala y los alrededores de la piscina. Ortiz accederá al Hall of Fame del deporte horas antes de su combate final, tras una carrera de 15 años: debutó en el UFC 13 y se va a despedir en el 148. En rigor, Ortiz lleva los últimos seis años largos viviendo de sus éxitos pasados, su carisma como ídolo de los hispanos y su fama como pareja de pornostar, con tormentas incluidas. Perdió siete de sus últimos ocho combates, y si no ha decidido retirarse él, lo habrá hecho la UFC, con la que ha tenido sus más y sus menos a lo largo de su carrera, por el sencillo método de no ofrecerle más combates. Tal vez sea eso lo ocurrido, claro. Fue uno de los hombres que cimentó el desarrollo de la empresa, pero también esta le dio de lado en algún momento en que las cosas se torcieron.
Los luchadores firman contratos por varios combates con la UFC. Esta rastrea talentos en su propio reality show,en competiciones menores o en campeonatos de distintas artes marciales. Ese contrato te fija una bolsa segura por combate para tres, cuatro peleas; también es posible ganar bonus en cada velada por el mejor k.o, el mejor combate etc. Puedes tener aparte tus contratos publicitarios. Si vas sumando victorias, o bien si tienes alguna derrota pero aportando espectáculo y creándote un buen perfil profesional, puedes renegociar al alza. Todo muy americano, muy “tanto logras, tanto vales”, con una permanente selección natural de los mejores.

A cambio, la UFC decide tus rivales y las fechas en que combatirás, normalmente un par de veces al año. También es la que gestiona los arbitrajes, te obliga a presencia en actos públicos etcétera. Es decir, te protege y paga bien, pero tiene bastantes medios para ponerte las cosas difíciles. Por otro lado, ese control es precisamente el que está permitiendo a la UFC crecer tan rápidamente: sus luchadores son figuras accesibles, siempre disponibles para todo tipo de actos y promociones. Y en cuanto a los enfrentamientos, cocina los tiempos de manera que siempre crezca la expectación. Mientras en el boxeo los combates dependen de acuerdos sobre las bolsas, negociaciones para el reparto del pay-per-view etcétera, y por ejemplo hay quien dice que jamás se verá un Pacquiao-Mayweather, en el micromundo cerrado de la UFC las rivalidades siempre desembocan en un combate de fondo que deja claras las cosas. De alguna manera, han conseguido trasladar en parte el control de los tiempos y el efectismo propios del wrestling a peleas reales, más duras que los del boxeo actual. El premio ha sido mejores audiencias televisivas en Estados Unidos que el boxeo entre los menores de 35 años.

Ortiz, como dije, chocó en varias ocasiones con decisiones de la empresa. Y esta, ahora, le puso para su combate final un regalo envenenado como rival: Forrest Griffin. Por un lado, puede interpretarse como una muestra de respeto que, tras tantas derrotas, el último combate que te asignen sea de entidad. Por otro, vaya problema tener que medirse con un tipo tan duro justo el día de marcharse. Ambos se han enfrentado dos veces, con una victoria para cada uno. Pero lo peor es que, al corresponderle Griffin, Ortiz ni siquiera podría contar con la simpatía unánime del público para su despedida. Ex policía de Georgia, Griffin vendió cuanto tenía para marcharse a Las Vegas en busca de su sueño de ser luchador profesional. Hace siete años ganó el primer reality show de The Ultimate Fighter, con una victoria en la pelea que está considerada como el inicio de la edad moderna de este deporte por su impacto mediático. Fue campeón del mundo y ha tenido una carrera regular, impulsada en parte por el hecho de que es un tipo que cae bien. De habla pausada y gesto un tanto simiesco, ha creado una línea de camisetas con un mono, un excelente ejemplo de su sentido del humor autocrítico. Además, pelea en su hogar de adopción.

La rueda de prensa de ambos es el choque de dos mundos. Griffin lleva pantalones cortos de deporte, una de sus camisetas, y hace continuos comentarios sarcásticos, generalmente en contra de sus propias habilidades y acerca de su pereza para entrenarse. En alguna ocasión incluso consigue arrancar una sombra de sonrisa de Ortiz, que permanece en esa pose de jefe indio impasible tan característica en el mundo de los deportes de contacto. Vestido con un impecable terno claro, Ortiz desafía al mundo desde su confianza de self made man surgido del arroyo. Salpica el balance de su carrera con sentencias tipo “tenía tres opciones: la muerte, la cárcel, o las artes marciales mixtas”, que arrancan el entusiasmo de los asistentes, incluyendo unas niñas canadienses de diez años que preguntan  a los luchadores cuando se da oportunidad al público. Ahora dice que se dedicará a sus gimnasios y, tal vez, a hacer algún pinito en el cine.

Julián Díez
Jot Down

domingo, 28 de octubre de 2012

0 Gladiadores modernos, piscinas turbias y ángeles ebrios. Cuatro días en Las Vegas para la pelea cumbre de la lucha definitiva (III)



Sin embargo, Sonnen estuvo a 1:50 minutos de derrotarle en agosto de 2010, y desde entonces se ha dedicado a buscarle las cosquillas cada vez que le han puesto delante un micrófono. El estadounidense hizo una exhibición amplia de trash talking durante meses: tuvo referencias a la mujer de Silva, menosprecios hacia Brasil y hacia el historial del campeón. Aunque las provocaciones de este tipo son mucho más habituales en el deporte americano que en el europeo, todo el mundo me asegura que no son frecuentes en la UFC. El detalle me recuerda algo que oí comentar al escritor León Arsenal: se ha perdido en parte la cortesía desde que la gente no va armada. Cuando tu interlocutor puede responder a un comentario irónico con un mandoble, tiendes a comportarte de un modo prudente y educado. Y cuando tu rival puede decidir en una décima de segundo si la patada que va a propinarte cuando quedas descubierto te enviará al hospital o solo te hará daño, es preferible que te vea como un rival deportivo, no un enemigo personal.

Sonnen rompió esa barrera, quizá como parte de una estrategia para convertirse en el primer chico malo de la competición, el Dennis Rodman o el Pepe de la UFC. Su récord era apenas de seis victorias y cuatro derrotas. Entró en el circuito en 2005, y lo abandonó al año siguiente tras una breve trayectoria de dos derrotas y una victoria por puntos. Tras volver a currárselo en competiciones menores, aprovechó su segunda oportunidad. Con todo, cuando en 2010 llegó con 33 años al combate por el título contra Silva tras tres victorias consecutivas, parecía un compromiso de trámite. Sonnen, campeón de lucha libre en la Universidad de Oregón, donde se graduó en Sociología, mantuvo en el suelo a Silva 20 de los 23 minutos que duró el combate, haciendo valer su corpulencia y las llaves de su deporte preferido para inmovilizar y golpear una y otra vez, una y otra vez: los mencionados 320 impactos por solo 64 de su rival.

Después, entre provocaciones, un positivo por testosterona, una candidatura local con los republicanos, distintos líos con el fisco y varias victorias, Sonnen consiguió labrarse un perfil público del que carecía. No del todo negativo en un país en el que la villanía deportiva vende, y sobre todo la eventual redención. Y Sonnen logró, además, sacar al fin de sus casillas a su estólido rival. Días antes de que se encontraran al fin, Silva habló de dientes y huesos rotos: “Lo siento, porque va a ser muy violento. Voy a aniquilarle de una forma que cambiará la imagen de este deporte”.
El pay-per-view para la cita se cobraba a 60 dólares en alta definición. Las 18.000 localidades a la venta se agotaron en horas, con  una recaudación récord en la historia del estado de Nevada de siete millones de dólares.

El jueves se celebra la rueda de prensa de los dos combates secundarios y una breve sesión de entrenamiento pública, en esta ocasión en el hotel Encore. La UFC, como gran evento con raíces comerciales en los propietarios de casinos, reparte sus actos por media docena de instalaciones en diferentes puntos de la ciudad, casi siempre entre los establecimientos de nivel medio superior. El Encore, uno de los hoteles de construcción más reciente, está situado casi al final del Strip en dirección al centro. Para la ocasión se habilita una sala de fiestas con capacidad para un millar largo de personas, con la piscina central como escenario de fondo.
Casi la mitad del aforo está ocupado por periodistas. Escenario cuidado al detalle, presencia de incontables cámaras, pantallas gigantes emitiendo vídeos promocionales, un bufet libre exquisito… En ningún evento deportivo europeo de primer orden, ni siquiera en finales de la Champions League, he asistido a un despliegue semejante. La diferencia, por supuesto, es que la UFC está en promoción permanente. Es una empresa privada que busca toda la publicidad posible, que hace todo lo necesario para convertir sus grandes citas en el evento del año y lograr clientes televisivos. Con veladas de menor jerarquía casi a diario en todo el mundo, más citas que llevan el título de UFC mensualmente y en las que casi siempre se pone en juego un título mundial, esta UFC 148 es la creme de la creme; el evento central de la llamada International Fight Week, que van a organizar anualmente en Las Vegas la semana del 4 de julio.

La primera comparecencia reúne al canadiense Patrick Coté, el mejor luchador de su país y veterano de la competición, con el vietnamita Cung Le. A sus 40 años, invicto en kickboxing, Le quiere conseguir para el final de su carrera un lugar en la principal federación del momento. Como a otros  luchadores de prestigio, a Le le ha llegado el momento de entrar en la UFC, que ya era la primera empresa del sector pero en el último año ha obtenido una posición incuestionablemente hegemónica. En primer lugar, por la adquisición de su principal competidora, Strikeforce, que posiblemente se mantenga como un sello de menor jerarquía. La siguiente empresa en audiencias que queda independiente, Bellator, está a mucha distancia y tiene un punto excesivamente macarra para los luchadores más expertos: sus eventos son de ocho competidores peleándose simultáneamente hasta que sólo queda uno en pie.

Julián Díez
Jot Down

sábado, 27 de octubre de 2012

0 Gladiadores modernos, piscinas turbias y ángeles ebrios. Cuatro días en Las Vegas para la pelea cumbre de la lucha definitiva (II)



En retrospectiva, el triunfo original de Gracie estableció bastantes de las bases por las que la UFC evolucionaría desde entonces. Por ejemplo, la hegemonía de combatientes brasileños: tipos duros de favelas domesticados en el gimnasio, con una disciplina estricta impulsada por el hambre de triunfo, sin olvidar la existencia de un deporte propio menos glamouroso, el valetudo. Además, el jiu-jitsu brasileño ha terminado por convertirse en la disciplina que más influye en las artes marciales mixtas actuales, donde no faltan tampoco elementos de taekwondo, boxeo, muay thai, kickboxing o lucha libre. Porque de la lucha de expertos en distintos deportes se ha ido pasando a una disciplina propia, con una selección de técnicas de las demás, en la que los campeones de un solo deporte podrían participar, pero no durarían mucho en pie.
Los veinte años transcurridos, además de los del crecimiento, han sido los de la respetabilidad. Aunque la iconografía de la UFC sigue estando mucho más cerca de los chándals con llamas de Bosco que de las chaquetas de Armani, con mayoría de tatuados en el octágono y de rednecks en la grada, el “sin reglas” inicial se ha ido atenuando, en parte por una campaña política un tanto oportunista que liderara en su momento el más tarde candidato a la presidencia John McCain. Se han impuesto una treintena de limitaciones, que afectan en su mayoría a cuestiones de sensatez como el ataque a los ojos o los genitales. Se crearon categorías por peso. Los combates son cortos, de tres asaltos de cinco minutos por lo general, y de cinco en peleas por el título, y se detienen sin cuenta de protección, tan pronto como el árbitro determina que uno de los luchadores ha recibido un daño severo o se encuentra conmocionado. En consecuencia, el historial de lesiones de verdadera gravedad o problemas cerebrales es nulo. Eso sí, la lona debe aún limpiarse de sangre entre combates: el codo es más letal que el puño contra un enemigo caído, la rodilla puede emplearse contra rivales aún en pie o cayéndose, y en suma, los luchadores veteranos bromean sobre cuánto les queda de original en sus dientes, su nariz o sus costillas. Aunque la UFC como espectáculo se haya refinado al punto de que no ofrece fotos de sangre.

Fueron surgiendo otras empresas que organizan combates de artes marciales mixtas, algunas con reglamentaciones más extremas. Pero la UFC, desde que pasara a estar controlada por unos hermanos del negocio de los casinos, los Fertita, ha ido imponiéndose al combinar espectáculo, marketing y olfato empresarial.
Tras 24 horas consecutivas sin dormir de avión en avión, mi primera noche en Las Vegas llega y acaba temprano. A las cinco de la mañana bajo a buscar mi desayuno. El casino del MGM Grand está tan iluminado como siempre, como Cortylandia en el puente de diciembre; pero la escasez de clientes, y la reducción del ruido de la tarde anterior, cuando tuve que pasar por allí hacia mi habitación, dan al lugar un aura terminal, ballardiana. Desde lo alto de una de las escaleras de salida, las tragaperras se extienden hasta donde alcanza la vista bajo un techo de cinco metros de altura. Como hormiguitas, deambulan representantes tardíos de las principales clientelas de Las Vegas: adolescentes en busca de un remake con colegas de Resacón…, ancianos de los que en España frecuentan los bingos y ludópatas dispuestos a gastarse los ahorros del año en busca del golpe de gracia,  mostrando diversos grados en su evolución hacia el estado terminal de hiperactividad paranoica. Los profesionales del póker y los jugadores ocasionales que son capaces de limitarse a la pura diversión, siempre numéricamente mucho menores, ya no están a esta hora, en la que igualmente se retiraron las camareras recauchutadas para dar paso a sus versiones low-cost, obligadas sin embargo a lucir el mismo uniforme de top y minifalda/maxicinturón. Completan el paisaje los croupiers —casi siempre orientales— y las limpiadoras —siempre hispanas— en tarea constante para que la moqueta colorida, las lámparas doradas y los detalles en mármol reluzcan sin mácula.

La camarera —mexicana— que me cobra en el autoservicio me dice que lleva trabajando desde las cinco de la tarde, pero ahora terminará el turno a las siete.
El día antes dieron comienzo los fastos del UFC 148 con la rueda de prensa de Silva y Sonnen, los dos grandes protagonistas, los tipos de la gran revancha. Silva llega a la cita con una inmaculada trayectoria de 14 combates disputados y otras tantas victorias, sólo dos de ellas a los puntos: el mejor récord de la historia de este deporte. Hombre de pocas palabras, de cultivado aire entre misterioso y altivo, es el primer luchador de UFC que consigue contratos publicitarios con marcas grandes de fuera de la órbita habitual de la UFC, como Burger King, Philips o Nike.

Julián Díez
Jot Down

viernes, 26 de octubre de 2012

0 Gladiadores modernos, piscinas turbias y ángeles ebrios. Cuatro días en Las Vegas para la pelea cumbre de la lucha definitiva (I)



320 golpes en 23 minutos. Casi 16 por minuto. La primera vez en que Anderson Silva, el invicto luchador brasileño, se enfrentó al estadounidense Chael Sonnen, se batió el récord de golpes efectivos en un solo combate de la historia de la UFC. De todo se lleva hoy estadísticas, ya se sabe. Sonnen, un underdog, un jornalero del trompazo entrado en la treintena que a la manera de Rocky Balboa se encontraba ante la única oportunidad de su vida, sometió a un castigo inhumano al mejor luchador de todos los tiempos, el invicto cinturón negro en jiu-jitsu, capoeira, judo, taekwondo y muay-thai. Pero este, cuando los jueces ya rellenaban su ficha de puntos, reforzó su leyenda: con una llave neutralizó a Sonnen y le obligó a rendirse.
Puede que sea el mejor combate de la historia. La UFC fue aplazando dos años la revancha, cocinando a fuego lento la expectación.
A mí me invitaron a asistir a su reencuentro. En Las Vegas.
Aterrizo un martes, la pelea es el sábado. El aeropuerto está junto al Strip, la avenida de kilómetros de largo en la que se agolpan los hoteles-complejos de fantasía. Mientras el avión busca el slot para desembarcarnos, por las ventanillas veo a una calle de distancia la pirámide del Luxor, el resplandor dorado del Mandalay, la fantasía infantiloide del Excalibur.
Al minibús que me lleva a mi hotel, el MGM Grand, se suben las dos chicas alemanas con las que he compartido fila de asientos desde Charlotte, una pareja de noruegos, unos neoyorquinos. En la parte de delante, uno de esos obesos norteamericanos. Según arrancamos, se pone en pie y empieza a hablar con esa característica entonación estadounidense de profesional de la comunicación, que a mí siempre me hace pensar si es la realidad la que copia a la ficción —los ciudadanos hablando como los actores y presentadores que suponen el 90% de su contacto diario con seres humanos— o la ficción a la realidad. Después de cinco minutos de charla, todo se reduce al equivalente local de una de esas visitas a El Escorial con regalo de una olla en la que, sin compromiso, ustedes, señores jubilados, pueden conocer los últimos productos de nuestra empresa, sean cuberterías de plata, jamones, o colchones.
Si les parece un poco decepcionante como llegada a la capital mundial del vicio, el juego y los deportes de lucha es porque, como yo, no han estado antes en Las Vegas.
El UFC 148 se celebra el fin de semana del 4 de julio. En consonancia con fecha, ubicación e importancia del combate de fondo, todo a su alrededor está concebido como un evento de primer orden mundial. Esa noche también se retira Tito Ortiz, el luchador rebelde con más de una década de éxitos y pareja de la ex pornostarJenna Jameson. Y la velada culminará cuatro días de actos, conciertos y una feria para más de 35.000 personas, el doble de los afortunados con entrada para el pabellón del hotel MGM Grand, donde se disputarán los combates.
Las artes marciales mixtas son el deporte que más crece en audiencia televisiva en Estados Unidos, Japón, Rusia o Brasil. Desconocidas en España, donde sólo el canal Energy emite un reality show que organizan para conseguir nuevos luchadores, ya han llenado pabellones de 50.000 espectadores también en Canadá o Suecia.
Sin embargo, hasta convertirse hoy en una más que seria amenaza para el boxeo, la ruta ha sido tortuosa. Su origen es la tradicional discusión infantil sobre “quién podría más”, Superman o Spiderman, Chuck Norris oSylvester Stallone, trasladada al mundo real. ¿Quién podría más, un campeón de kárate, uno de boxeo, uno de lucha o uno de sumo? Las primeras veladas de lo que se llamó primero War of the Worlds (la guerra de los mundos) y luego Ultimate Fighting Championship (UFC, campeonato de lucha definitiva) no fueron tan amables: ocho expertos en diferentes deportes se eliminaban sucesivamente hasta que sólo quedara un ganador. La lona, situada en un octágono enrejado que se convertirá en el eje de una poderosa iconografía propia, debe ser siempre fregada entre combates para quitar la sangre.

El debut fue en Denver, en noviembre de 1993. Bajo el slogan “¡No hay reglas!” y la dirección creativa de John Millius, el bizarro director del Conan de Schwarzenegger y la muy chiflada Amanecer rojo, el evento consiguió casi 90.000 abonados en pay-per-view. Los buenos resultados económicos abrieron al puerta a sucesivas citas.

¿Y quién ganaba, entonces? ¿Batman o La Masa? La respuesta debió sorprender a casi todos los espectadores, menos al citado Millius, que se entrenaba con el campeón: Royce Gracie, brasileño miembro de una familia que había creado su propia rama del jiu-jitsu. Entre un abanico de mortíferos repartidores de mamporros que le superaban en decenas de kilos y unos cuantos centímetros, el arma más letal resultó ser la habilidad de Gracie para someter a sus rivales con llaves asfixiantes, combinada con la capacidad para mantener a distancia sus golpes. En Youtube —el canal de la UFC es el que más visitas tiene entre los deportes en Estados Unidos— pueden verse imágenes de las citas originales, incluyendo el disparate protagonizado por un campeón de savaté (versión francesa del kickboxing) y uno de sumo, que dura apenas unos segundos para terminar para siempre con la presencia del deporte tradicional japonés en estas citas.

Julián Díez
Jot Down
 

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