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domingo, 15 de abril de 2012

0 La iglesia de Google (y VII)


Lo irónico del esfuerzo de Google por aumentar la eficiencia de la lectura es que empieza por socavar un tipo de eficiencia diferente que la tecnología impresa suponía para el hecho de leer…y para nuestra mente misma. Al liberarnos de la lucha por descifrar el texto, la forma que la escritura llegó a tener en una página de pergamino o papel nos ha permitido convertirnos en lectores de profundidad, dirigir nuestra atención y nuestra capacidad cerebral a la interpretación del significado. Con la escritura en la pantalla, sigue siendo posible descodificar el texto con rapidez –de hecho leemos más rápido que nunca-, pero ya no estaos orientados hacia una comprensión profunda y personalmente construida de las connotaciones del texto. Por el contrario, nos dejamos arrastrar a toda prisa hacia otro fragmento más de información relacionada, y luego a otro y a otro más. La extracción aislada de “contenido relevante” sustituye a la excavación lenta en busca de significado.

¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? Superficiales
Nicholas Carr

sábado, 14 de abril de 2012

0 La iglesia de Google (VI)


Sin embargo la inevitabilidad de este tránsito de la página impresa a las imágenes online no debe impedirnos considerar sus efectos secundarios. Porque hacer un libro detectable y examinable online significa también descuartizarlo. Se sacrifica la cohesión de su texto, la linealidad de su argumento o narrativa que fluye a través de decenas de páginas. Lo que los antiguos romanos encuadernaban artesanalmente cuando craron el primer códice queda así descosido. Esa quietud que formaba “parte del significado” del códice se sacrifica igualmente. Cada página o fragmento de texto en Google Book Search irá rodeada de un mar de enlaces, herramientas, etiquetas y anuncios, anzuelos todos dispuestos a pescar una parte de la fragmentada atención de los lectores.
Para Google, con su fe en la eficiencia como bien supremo y su deseo de “meter y sacar a los usuarios rápidamente”, la desencuadernación de la obra no implica pérdida, sólo ganancia. Dice Adam Mathes, jefe de Google Book Search, que “los libros suelen vivir una vida vibrante offline”, pero añade que “online vivirán una vida más emocionante todavía”. ¿Qué significará para un libro eso de vivir una vida aún más emocionante? Las búsquedas son solo el comienzo. Google quiere, o eso dice, que podamos “cortar en rodajas o dados” el contenido de los libros digitalizados que vayamos descubriendo, hacer todas las operaciones de “vincular, compartir y agregar” que son rutinarias con los contenidos de la Web, pero “no se pueden realizar fácilmente con los ibros físicos”. La empresa ya ha introducido una herramienta de cortar y pegar que “te permite recortar y publicar pasajes de libros de dominio público en tu blog o página web”. También ha lanzado un servicio que denomina Popular Passages, que pone de relieve breves extractos de libros que han citado con frecuencia; y para algunos volúmenes ha comenzado a mostrar “nubes de palabras” que, según dice la empresa, permiten al lector “examinar un libro en diez segundos”. Sería tonto quejarse de dichas herramientas. Son útiles. Pero también dejan claro que, para Google, el valor real de un libro no está en la entidad autónoma de una obra literaria, sino en otro montón de datos más que explotar. La gran biblioteca que Google se apresura a crear no debe confundirse con aquellas que hemos conocido hasta ahora. No es una biblioteca de libros Es una colección de fragmentos.

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Nicholas Carr

viernes, 13 de abril de 2012

0 La iglesia de Google (V)


El debate sobre Google Book Search es esclarecedor por varias razones. Revela lo mucho que queda por recorrer para adaptar el espíritu y la letra de la ley de derechos de autor, en particular sus disposiciones sobre un uso justo, a la era digital (el hecho de que algunas de las empresas editoriales que son parte en la demanda contra Google también sean socios de Google Book Search da idea de la turbiedad de la situación actual). También nos dice mucho acerca de los ideales de altos vuelos que pregona Google y los métodos arbitrarios que a veces usa para su consecución. Un observador, el abogado y escritor de temas tecnológicos Richard Koman, argumentó que Google “se ha convertido en un verdadero creyente en su propia bondad, creencia que justifica su propio conjunto de normas relativas a la ética corporativa, la lucha contra la competencia, el servicio al cliente y su lugar en la sociedad”.
Lo más importante de todo lo que esta controversia pone de manifiesto es que los libros del mundo se van a digitalizar, y que es probable que el proceso se produzca rápidamente. La polémica respecto a Google Book Search no tiene nada que ver con la sabiduría de digitalizar libros impresos en una base de datos; tiene que ver con el control y la comercialización de dicha base de datos. Tanto si Google acaba siendo el único propietario de lo que Darnton llama “la biblioteca más grande del mundo” como si no, dicha biblioteca va a crearse; y sus volúmenes digitales, alimentándose a través de la Red de todas las bibliotecas en la Tierra, suplantarán con el tiempo muchos de los libros físicos almacenados en estantes. Los beneficios prácticos de convertir los libros impresos en algo “detectable y examinable online” son tan grandes que es difícil imaginar que alguien se oponga a la iniciativa. La digitalización de libros antiguos, así como de pergaminos antiguos y otros documentos, ya está abriendo nuevos e interesantes caminos a la investigación de nuestro pasado. Algunos prevén “un segundo Renacimiento” de descubrimientos históricos. Como dice Darnton: “Hágase la digitalización.

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Nicholas Carr

lunes, 9 de abril de 2012

0 La iglesia de Google (IV)


La solución propuesta suscitó otra polémica aún más feroz. Las condiciones parecían conceder a Google un monopolio sobre las versiones digitales de millones de libros “huérfanos”, esto es, aquellos cuyos titulares de los derechos de autor eran desconocidos o ilocalizables. Muchas bibliotecas y centros educativos se temían que, no teniendo competencia, Google pudiera elevar a su antojo las cuotas de suscripción a su base de datos. Durante la presentación de una demanda judicial, la Asociación Americana de Bibliotecas advirtió que la empresa podría “fijar un precio de suscripción de máxima rentabilidad para ella, pero fuera del alcance de muchas bibliotecas”. El Departamento de Justicia y la Oficina de Derechos de Autor estadounidenses criticaron el acuerdo, ya que según ellos otorgaba a Google demasiado poder en el futuro mercado del libro digital.
Otros críticos tenían una preocupación relacionada, pero de índole más general: que el control comercial sobre la distribución de información digital condujera inevitablemente a restricciones sobre el flujo de conocimientos. Sospechaban de los motivos de Google, a pesar de su retórica altruista. “Cuando empresas como Google buscan en las bibliotecas, no se limitan a ver templos del saber en ellas”, escribió Robert Darnton, quien, además de enseñar en Harvard, supervisa su sistema bibliotecario. “Ven activos potenciales, o lo que ellos llaman contenido, listos para su explotación”. A pesar de que Google “persigue un objetivo loable al fomentar el acceso a la información” entrañaría un riesgo demasiado grande. “¿Qué pasará si sus actuales propietarios venden la empresa o se jubilan? –se preguntaba-. ¿Qué pasará si Google prima la rentabilidad sobre el acceso?”. A finales de 2009, el acuerdo inicial se había abandonado, y tanto Google como las demás partes intentaban recabar apoyos para una alternativa un poco menos radical.

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Nicholas Carr

martes, 3 de abril de 2012

0 La iglesia de Google


Las demandas continuaron. Después de tres años de negociaciones, durante los cuales Google escaneó unos siete millones de libros más, seis millones de los cuales todavía están bajo copyright, las partes llegaron a un acurdo, anunciado en octubre de 2008, en virtud del cual Google accedía a pagar 125 millones de dólares para compensar a los propietarios de los derechos de autor correspondientes a las obras que ya había digitalizado. Las partes también acordaron establecer un sistema de pago que cedería a autores y editores un porcentaje de los ingresos por publicidad y otros conceptos devengados por el servicio de Google Book Search durante los próximos años. A cambio de estas concesiones, los autores y editores dieron el visto bueno a Google para que continuara con su plan de digitalizar todos los libros del mundo. La empresa también estaría “autorizada para vender, en Estados Unidos, suscripciones a [una] base de datos institucional, vender libros individualmente e insertar anuncios en las páginas de los libros online, entre otros usos comerciales de estos libros”.
La solución propuesta suscitó otra polémica aun más feroz. Las condiciones parecían conceder a Google un monopolio sobre las versiones digitales de millones de libros “huérfanos”, esto es, aquellos cuyos titulares de los derechos de autor eran desconocidos o ilocalizables. Muchas bibliotecas y centros educativos temían que, no teniendo competencia, Google pudiera elevar a su antojo las cuotas de suscripción a base de datos. Durante la presentación de una demanda judicial, la Asociación Americana de Bibliotecas advirtió que la empresa podría “fijar un precio de suscripción de máxima rentabiliad para ella, pero fuera del alcance de muchas bibliotecas”. El Departamento de Justicia y la Oficina de Derechos de Autor estadounidenses criticaron el acuerdo, ya que según ellos otorgaba a Google demasiado poder en el futuro del mercado del libro digital.

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Nicholas Carr

lunes, 2 de abril de 2012

0 La iglesia de Google (II)


En el otoño de 2004 Page y Brin anunciaron formalmente el programa Google Print (que mas tarde pasaría a llamarse Google Book Search) en la Feria del Libro de Frankfurt, un evento que desde los tiempos de Gutenberg ha propiciado la principal reunión anual de los editores. Más de una docena de editoriales comerciales y académicas han firmado acuerdos de asociación con Google, incluidos nombres tan prestigiosos como Houghton Mifflin, McGraw-Hill y las editoriales universitarias de Oxford, Cambridge y Princeton. Cinco de las bibliotecas más pretigiosas del mundo, incluidas la de Widener de Harvard, la Bodleian de Oxford y la Pública de Nueva York, también accedieron a colaborar en el esfuerzo. Concedieron permiso a Google para comenzar a escanear el contenido de sus fondos. A finales del año, la empresa ya contaba con el texto de unos cien mil libros en su banco de datos.
No todo el mundo estuvo contento con el proyecto. Google no se limitó a escanear libros antiguos cuyos derechos de autor ya no gozaban de protección. También escaneó libros nuevos que, aunque a menudo habían dejado ya de imprimirse, seguían siendo propiedad intelectual de sus autores o editores. Google dejó claro que no tenía intención de localizar a los titulares de estos derechos de autor para asegurarse su consentimiento previamente. Por el contrario, procedería escanear cualesquiera libros y los incluiría en su base de datos a menos que un propietario de los derechos de autor enviara una solicitud formal por escrito para excluir un libro en particular. El 20 de septiembre de 2005, el Sindicato de Autores, junto con tres destacados escritores de forma individual, demandó a Google con el alegato de que su programa de digitalización suponía “una violación masiva de los derechos de autor”. Unas semanas mas tarde, la Asociación de Editores de Estados Unidos presentó otra demanda contra la empresa, exigiéndole que detuviera su digitalización de los fondos de diversas bibliotecas. Google contratacó con una ofensiva de relaciones públicas para dar a conocer los beneficios sociales de Google Book Search, En octubre, Eric Schmidt escribió una columna de opinión para The Wall Street Journal donde retrataba el esfuerzo de digitalización de libros en términos a la vez de agitación y vanagloria: “Imagínese el impacto cultural de indexar decenas de millones de volúmenes antes inaccesibles en un índice amplio, cada una de cuyas palabras pueda ser objeto de búsqueda por cualquier persona, ricos y pobres, urbanos y rurales, del Primer Mundo y del Tercero, en toute langue y, por supuesto, totalmente gratis”.

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Nicholas Carr

domingo, 1 de abril de 2012

0 La iglesia de Google (I)


La más ambiciosa de las iniciativas de Google –lo que Marissa Mayer llama su “misión lunar”- es su esfuerzo por digitalizar todos los libros jamás impresos y hacer su texto “detectable y examinable online”. El programa se inició en secreto en 2002, cuando Larry Page configuró un escáner digital en su oficina del Googleplex y, al ritmo de un metrónomo, pasó media hora escaneando metódicamente un libro de trescientas páginas. Quería hacerse una idea aproximada de cuanto tiempo tardaría en “escanear digitalmente todos los libros del mundo”. Al año siguiente, un empleado de Google fue enviado a Phoenix para comprar un montón de libros viejos en un rastrillo benéfico. Una vez transportados al Googleplex, los volúmenes se convirtieron en objetos de una serie de experimentos que condujeron al desarrollo de una nueva técnica de digitalización “de alta velocidad” y “no destructiva”. El ingenioso sistema, que implica el uso de cámaras infrarrojas estereoscópicas, es capaz de corregir automáticamente la inclinación de las páginas que se produce cuando un libro se abre, lo que elimina cualquier distorsión del texto en la imagen escaneada. Al mismo tiempo, un equipo de ingenieros de software de  Google puso a punto un sofisticado programa de reconocimiento de caracteres capaz de lidiar con “tamaños o tipos de letra extraños o inusuales, así como otras peculiaridades inesperadas, en 430 idiomas diferentes”. Otro grupo de empleados de Google se dispersó para visitar las principales bibliotecas y editoriales y calibrar el interés que pudieran tener en que Google digitalizara sus libros.

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Nicholas Carr
 

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